La Princesa Dormida

0

Posted on : 28-07-2011 | By : uslico | In : Cuentos

Autor: ewg

Cuentos para niños.

Hoy: La Bella Durmiente.

Quiero presentarte este cuento clásico, en una versión entretenida y dinamica que podrás compartir con tus niños, en muy poquito tiempo y sin que la lectura les parezca demasiado extensa y aburrida. http://www.gangi.supersitio.net/.

Había una vez, hace muchos, muchos años, en un reino muy lejano, una reina y un rey que tuvieron una hermosa niña a la que llamaron Aurora. Para la fiesta del bautismo, los reyes invitaron a todas las hadas del reino pero, desgraciadamente, se olvidaron de invitar a la malvada Maléfica. Estaba furiosa y aunque no fue invitada, Maléfica se presentó en el castillo el día de la fiesta, y al pasar delante de la cuna de la niña, le hizo un maleficio diciendo: “Al cumplir los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás”.

Al oír eso, el hada buena que estaba cerca, le hizo otro encantamiento para evitar la terrible condena de la malvada: “Al pincharse en vez de morir, Aurora permanecerá dormida durante cien años y solo el beso de un príncipe la despertará.” Pasaron los años y Aurora se convirtió en una princesita muy hermosa. El rey había ordenado que fuesen destruidos todos los husos del castillo con el fin de evitar que la princesa pudiera pincharse.

Pero eso de nada le sirvió, porque al cumplir los dieciséis años, la princesa que recorría el castillo, llego a un lugar desconocido y se encontró con una vieja sorda que estaba hilando. La princesa le pidió que la dejara ayudarla y ocurrió lo que el hada mala había previsto: Aurora se pinchó con el huso y cayó al suelo. Después de muchos intentos nadie consiguió vencer el hechizo, pasaban los días y Aurora no despertaba.

Entonces la princesa fue colocada en una cama llena de flores. Pero el hada buena que no se daba por vencida, tuvo una brillante idea. Si la princesa iba a dormir durante cien años, los habitantes del reino también dormirían con ella, así cuando la princesa despertase tendría todos a su alrededor. Tomo la varita dorada y haciendo un círculo imaginario en el aire, pronunció el encanto y de repente, el silencio se apodero del lugar, nada se movía, y todos, pero todos, se durmieron.

En los alrededores creció un extraño y enorme bosque, que con el paso del tiempo, fue ocultando el castillo hasta que ya no se lo pudo ver. Cuando pasaron cien años, un príncipe que pasaba por el lugar. se encontró con ese inmenso bosque que le llamo la atención y decidió avanzar abriéndose camino con su espada.

Pero el bosque era muy denso y decidió regresar, cuando de pronto a través de las ramas pudo ver el enorme castillo y siguió adelante. Al llegar vio que el puente levadizo estaba bajado, como si alguien lo estuviera esperando. Bajo del caballo y avanzo junto al animal llevándolo de las riendas. Cuando entró vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio y pensó horrorizado que estaban todos muertos,

Pero lentamente se fue acercando a ellos y pudo comprobar que todos estaban profundamente dormidos. “¡Despertad! ¡Despertad!”, gritó una y otra vez, pero nadie le respondió. Cada vez más sorprendido, ingreso en el interior del castillo hasta que llegó a la habitación donde dormía la princesa Aurora. Durante un largo rato contempló el rostro sereno de la hermosa joven que dormía llena de paz.

Entonces sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado. Muy emocionado, se acercó a ella, le tomó la mano y suavemente la besó. Con aquel beso la princesa se desperezó y abrió los ojos, despertando de su larguísimo sueño y al ver al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis sueños solo esperaba este momento.” El hechizo malvado se había roto. La princesa se levantó y extendió su mano al príncipe.

En ese mismo momento todos en el castillo despertaron. Todos se levantaron, se miraron sorprendidos y se preguntaban qué era lo que había sucedido. Cuando se dieron cuenta, corrieron llenos de alegría junto a la princesa que estaba más hermosa y más feliz que nunca. Al poco tiempo, el castillo que había estado tanto tiempo sumergido en el silencio, recupero la alegría. Se llenó de música y de risas, porque todos se prepararon para la boda de Aurora y el príncipe.

FIN.

Cuento de Charles Perrault por Walter Gangi, dedicado a Agustina y a Sofia.

Buenos Aires, 2 de abril de 2010.-

http://www.articuloz.com/infantil-articulos/la-princesa-dormida-3247943.html

Sobre el Autor

El DR. O. WALTER GANGI nació en Buenos Aires, Argentina. Es docente de la Facultad de Derecho de la U.B.A. en la Cátedra de Teoría del Estado del Dr. Arturo Pellet Lastra, Comisiones de la Dra. María Elena Acosta. También se desempeñó en la Cátedra de Teoría del Estado del Dr. Horacio Sanguinetti, Comisiones del Dr. Luis F.A. Bollaert, entre los años 1997 y 2007; y en la Cátedra de Derecho Constitucional Profundizado y Procesal Constitucional, del Dr. C. Collauti a cargo del Dr. Luis F.A. Bollaert entre 1996 y 2000. Es abogado, especialista en Derecho Político y en Derecho Penal, con una importante trayectoria y se ha destacado como defensor en muchas causas relevantes. Es miembro de los Institutos de Derecho Penal y de Derecho Procesal Penal del Colegio de Abogados de San Martín y es titular del Estudio Jurídico Gangi & Asociados, con oficinas en Capital Federal, San Martín y San Isidro y atención en el interior del país.

El Hada Y La Noche

0

Posted on : 26-07-2011 | By : uslico | In : Cuentos

Autor: vanessa nieto terrazas

Sobre el viento un hada vuela,sin alas, ni brillos, un hada con humana facha, una mujer vestida de negro con ojos cerrados y ligera sin maletas, sin encargos, sin afanes, sin amores.

Sobre el viento roza los tejados de techos de noche, de ventanas iluminadas, de murmullos ajenos entre paredes blancas, tapiadas… ella canta sus secretos en cifrados siseos y el pueblo bajo su viaje los confunde con grillos y ranas, con borrachos nocturnos y llantos solitarios de vecinas deprimidas.

Entre sus blancas y grandes manos: algo pequeño y rojo, entre los párpados entrecerrados: levísimas lágrimas agotadas, entre sus cabellos: cadáveres de sueños, en su respirar: deseos, en su pecho cerrado: amor… irremediablemente.

Hada humana emprendiendo fuga de noche, con su única testigo la Luna, amarilla e incompleta, afanosa de seguirla prometieron vida juntas, desde las primeras lágrimas en un parque hacía tantos años, hasta este inesperado vuelo… y los que seguirán.

Quema de cartas, como si buques fueran, cenizas que el viento se lleva volviendo minúsculas estrellas, puntos en la noche, incandescentes en la ya eterna lejanía total.

Vuelo nocturno, no hay pies, ni piernas, ni miradas, ni aviones, solo un cielo en blanco y la luna, siempre la luna.

Al destino lo dibujará el viento, la dirección también indicará él; de noche se trazarán los mapas, de día hablará el silencio, el esfuerzo de la alegría de una hada rota que vestida de gente disimula impecablemente, que encuentra consuelo en mirar a los ojos extraños, que siente abrazos con las sonrisas de ajenos corazones, que grita en silencio por un doctor que no existe, que se llama tiempo, que se llama paciencia, coraje.

Una hada negra, flotando en el aire, esperando con paciente talante huracanes en el rincón recóndito de su memoria, de su traicionera y enemiga memoria que le regala lloviznas de cuadros ahora tortuosos, que azotan las ventanas del miedo, miedo que ya no existe hacia atrás, sino adelante. Y ¡el viento…! ¡amoroso viento! que ha de llevarse las nubes y hacer que el calor y la luz sequen todo, y encuentren a la mujer, tumbada en medio de un cuarto vacío y blanco y sola abra los ojos, sola, de blanco también, sola mirando con ojos abiertos, sola con pecho confiado de nuevo, sola y sin memoria, solo con las estrellas… y la luna.

…Mañana, tal vez mañana.

V.

http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/el-hada-y-la-noche-5063305.html

Sobre el Autor

Nacio una madrugada de octubre del ´79 en la Ciudad de Puebla. Lic. en Diseño Gráfico y realizó la carrera de Actriz en Buenos Aires, Argentina, en donde también estudió Dirección de Actores, Dramaturgia y Estilos de Escritura. Ha realizado varios trabajos profesionales en diseño, fotografía, producción de documentales, dirección de arte en cortos, ha dirigido también obras de teatro y actuado tanto en México como en Argentina.

Cuento Equipo de Exploración

0

Posted on : 28-02-2011 | By : uslico | In : Cuentos

Halloway subió por el conducto que atravesaba nueve kilóme­tros de ceniza para ver como aterrizaba el cohete. Salió del tubo fo­rrado de plomo y se reunió con Young, que estaba acuclillado junto con un pequeño grupo de soldados.

La superficie del planeta estaba oscura y silenciosa. El aire hirió su olfato. Olía mal. Halloway se estremeció, inquieto.

—¿Dónde demonios estamos?

Un soldado señaló con un dedo la negrura.

—Las montañas están por allí. ¿Las ve? Las Rocosas, y esto es Colorado.

Colorado… El antiguo nombre despertó vagas emociones en Ha­lloway. Acarició su fusil desintegrador.

—¿Cuándo llegará? —preguntó.

A lo lejos, recortadas en el horizonte, vio las bengalas verdes y amarillas del enemigo. Y un ocasional destello de fisión al rojo vivo.

—Dentro de nada. Está controlado durante todo el camino por un piloto robot. Cuando llega, no hay vuelta de hoja.

Una mina enemiga estalló a varias de decenas de kilómetros de distancia. Un resplandor irregular iluminó por un breve instante el paisaje. Halloway y los soldados se arrojaron al suelo automáticamente. Captó el olor a quemado de la superficie de la Tierra tal como era ahora, treinta años después del inicio de la guerra.

Era muy diferente de sus recuerdos infantiles. Halloway había crecido en California, y recordaba la campiña del valle, huertos henchidos de uvas, nogales y limoneros. Tiestos manchados bajo los na­ranjos. Montañas verdes y un cielo cuyo color era como el de los ojos de una mujer. Y el aroma fresco de la tierra…

Todo había desaparecido. En otros tiempos se había levantado una ciudad en este lugar. Distinguió las bostezantes cavidades de los sótanos, llenos de escoria, ríos secos de la herrumbre en que se habían transformado los edificios. Escombros diseminados por doquier, al azar…

El resplandor de la mina se apagó y dio paso de nuevo a la ne­grura. Se pusieron en pie con cautela.

—Menuda visión —murmuró un soldado.

—Era muy diferente antes —dijo Halloway.

—¿De veras? Yo nací bajo la superficie.

—En aquellos días, cultivábamos nuestros alimentos en la tierra, en la superficie, no en tanques subterráneos. Nosotros…

Halloway enmudeció. Un ensordecedor estruendo interrumpió de súbito sus palabras. Una forma inmensa se deslizó sobre ellos en las tinieblas, chocó contra algo y sacudió la tierra.

—¡El cohete! —gritó un soldado.

Todos corrieron. Halloway les siguió, caminando con movimien­to torpes.

—Espero que sean buenas noticias —dijo Young, que iba a su lado.

—Yo también —jadeó Halloway—. Marte es nuestra última oportu­nidad. Si no sale bien, estamos acabados. El informe sobre Venus fue negativo; sólo hay lava y vapores.

Más tarde, examinaron el cohete de Marte.

—Servirá —murmuró Young.

—¿Está seguro? —preguntó el director Davidson, tenso—. Una vez lleguemos allí, no podremos regresar.

—Estamos seguros. —Halloway tiró las cintas sobre el escritorio de Davidson—. Compruébelo usted mismo. El aire de Marte es tenue y seco. La gravedad es mucho menor que la nuestra. Sin embargo, podremos vivir en el planeta, al contrario que en esta Tierra olvida­da de Dios.

Davidson recogió las cintas. Las luces indirectas arrancaban des­tellos del escritorio, las paredes y el suelo metálicos de la oficina. Máquinas ocultas que mantenían constantes el aire y la temperatura zumbaban en las paredes.

—Tendré que confiar en ustedes los expertos, por supuesto. Si no tienen en cuenta algún factor vital…

—Es una lotería, naturalmente —dijo Young—. Desde esta distan­cia no podemos estar seguros de todos los factores. —Palmeó las cintas—. Muestras mecánicas y fotos. Los robots hacen lo que pue­den. Tenemos suerte de contar con algo para continuar.

—Al menos, no hay radiación —dijo Halloway—. Eso es seguro, pero Marte será seco, polvoriento y frío. Está muy alejado. Sol dé­bil, desiertos y colinas erosionadas.

—Marte es viejo —convino Young.

—Se enfrió hace mucho tiempo. Mírelo de esta manera: tenemos ocho planetas, excluyendo a la Tierra. De Plutón a Júpiter no hay nada. Ni la menor posibilidad de sobrevivir. Mercurio es metal líquido. Venus está lleno de volcanes y vapores…, como en la era precámbrica. Siete de los ocho. Marte es la única posibilidad a priori.

—En otras palabras —dijo lentamente Davidson—, Marte debe ser adecuado, porque no nos queda otra alternativa.

—Podríamos quedarnos aquí, viviendo en los sistemas subterrá­neos como topos.

—No sobreviviríamos más de un año. Ya habrán visto los últimos psicógrafos.

Los habían visto. El índice de tensión iba en aumento. Los hom­bres no estaban hechos para vivir en túneles metálicos, alimentarse a base de comida cultivada en tanques, trabajar, dormir y morir sin ver el sol.

Pensaban de manera especial en los niños, que nunca habían su­bido a la superficie. Pseudomutantes de rostros macilentos y ojos como los de los peces ciegos. Una generación nacida en un mundo subterráneo. El índice de tensión aumentaba porque los hombres veían a sus hijos cambiar y mutar en un mundo de túneles, oscuri­dad viscosa y rocas luminosas goteantes.

—¿Estamos de acuerdo, entonces? —preguntó Young.

Davidson escrutó los rostros de los dos técnicos.

—Tal vez pudiéramos conquistar la superficie, revivir la Tierra, renovar el suelo. La situación no es tan grave, ¿verdad?

—Imposible —afirmó Young—. Aunque llegáramos a un acuerdo con el enemigo, habrá partículas en suspensión durante otros cin­cuenta años. La Tierra estará demasiado radiactiva para permitir la vida en lo que queda del siglo. Y no podemos esperar.

—De acuerdo —dijo David—. Autorizaré el equipo de exploración. Correremos el riesgo, como mínimo. ¿Quieren ir? ¿Quieren ser los primeros humanos que pongan el pie en Marte?

—Ya puede apostar por ello —dijo Halloway, sombrío—. Consta en nuestro contrato que yo voy.

El globo rojo que era Marte aumentaba cada vez más de tamaño. Young y van Ecker, el piloto, lo contemplaban con atención desde la sala de control.

—Tendremos que saltar —dijo van Ecker—. No es posible aterrizar a esta velocidad.

Young estaba nervioso.

—Eso está muy bien para nosotros, pero, ¿qué me dices de la pri­mera expedición de colonizadores? No pretenderás que las mujeres y los niños salten.

—Cuando llegue ese momento, tendremos más información.

Van Ecker asintió con la cabeza y el capitán Mason hizo sonar la alarma de emergencia. Los timbres atronaron siniestramente a lo largo y ancho de la nave. La nave vibró cuando los miembros de la tripulación tomaron sus trajes de lanzamiento y corrieron hacia las escotillas.

—Marte —murmuró el capitán Mason, mirando todavía la panta­lla—. No es como la Luna. Esto es lo que nos conviene.

Young y Halloway se encaminaron a la escotilla.

—Será mejor que vayamos pasando.

Marte crecía rápidamente. Un feo globo desolado, de un tono rojo apagado. Halloway se puso el casco de lanzamiento. Van Ecker le siguió.

Mason se quedó en la sala de control.

—Les seguiré después que la tripulación se haya lanzado —dijo.

La escotilla se abrió y ambos entraron en la plataforma de lan­zamiento. La tripulación ya había empezado a saltar.

—Es una pena desperdiciar una nave —comentó Young.

—No hay otra forma.

Van Ecker se ajustó el casco y saltó. Las unidades de frenado le hicieron girar hacia arriba y se hundió como un globo en la negrura que se cernía sobre sus cabezas. Young y Halloway le siguieron. La nave descendió en picado hacia la superficie de Marte. En el cielo flotaban diminutos puntos luminosos: los miembros de la tripulación.

—He estado pensando —dijo Halloway por el micrófono del casco.

—¿Sobre qué?

La voz de Young resonó en sus auriculares.

—Davidson preguntó si habíamos pasado por alto algún factor vi­tal. Hay uno que no hemos tenido en cuenta.

—¿Cuál es?

—Los marcianos.

—¡Santo Dios! —exclamó van Ecker. Halloway le veía flotando a su derecha, descendiendo lentamente hacia el planeta—. ¿Crees que haya marcianos?

—Es posible. Marte albergará vida. Si nosotros podemos vivir en él, también pueden existir otras formas.

—Pronto lo sabremos —repuso Young.

—Tal vez capturaron alguna de nuestras naves robot —rió van Ecker—. Tal vez nos estén esperando.

Halloway permaneció en silencio. Estaba demasiado cerca de saberlo para encontrarlo gracioso. El planeta rojo crecía cada vez más. Distinguió puntos blancos en los polos. Algunas franjas verdeazuladas, lo que en otro tiempo se habían llamado canales. ¿Exis­tía una civilización allá abajo, una cultura organizada que les espe­raba? Tanteó en su mochila hasta que los dedos se cerraron sobre la culata de su pistola.

—Será mejor que saquen sus pistolas —dijo.

—Si los marcianos han dispuesto un sistema defensivo para espe­ramos, estamos acabados —dijo Young—. Marte se enfrió millones de años antes que la Tierra. Podrían estar tan adelantados que no tu­viéramos ni…

—Ya es demasiado tarde. —Captaron débilmente la voz de Ma­son—. Ustedes los expertos tendrían que haberlo pensado antes.

—¿Dónde está usted? —preguntó Halloway.

—Debajo de usted. La nave está vacía. Se estrellará en cualquier momento. He sujetado el equipo a unidades de lanzamiento automáticas.

Se produjo un tenue resplandor bajo ellos y se desvaneció. La nave se había estrellado en la superficie…

—Casi he llegado —dijo Mason, nervioso—. Seré el primero…

Marte había dejado de ser un globo. Ahora, era un gran plato rojo, una inmensa planicie de herrumbre que se extendía bajo ellos. Descendieron lenta y silenciosamente. Se podían ver las montañas. Estrechos hilos de agua que eran ríos. Un borroso tablero de ajedrez que debían ser campos y prados…

Halloway aferró su pistola. Sus unidades de frenado chirriaron a medida que la atmósfera adquiría más densidad. Un crunch ahoga­do resonó en sus auriculares.

—¡Mason! —gritó Young.

—He tocado tierra —respondió la tenue voz de Mason.

—¿Se encuentra bien?

—Zarandeado por el viento, pero me encuentro bien.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Halloway.

Se hizo el silencio durante unos momentos.

—¡Santo Dios! —jadeó Mason—. ¡Una ciudad!

—¿Una ciudad? —chilló Young—. ¿De qué tipo? ¿A qué se parece?

—¿Los ve? —aulló van Ecker—. ¿Cómo son? ¿Hay muchos?

Escucharon la respiración de Mason, que arañaba sus auriculares.

—No —dijo por fin—. Ni la menor señal de vida. Todo está tran­quilo. La ciudad está… Parece que está desierta.

—¿Desierta?

—Ruinas. Sólo ruinas. Kilómetros de columnas y paredes derrum­badas y andamios oxidados.

—Gracias a Dios —suspiró Young—. Estarán todos muertos. Nos hemos salvado. Habrán evolucionado y terminado su ciclo hace mu­cho tiempo.

—¿Nos habrán dejado algo? —El miedo atenazó a Halloway—. ¿Quedará algo para nosotros? —Aferró con desesperación sus unidades de frenado, en un esfuerzo por acelerar su caída—. ¿Ha desaparecido todo?

—¿Cree que lo han agotado todo? —preguntó Young—. ¿Cree que han agotado todos los…?

—No lo sé —resonó la voz de Mason, teñida de inquietud—. Tiene mal aspecto. Grandes pozos. Bocas de minas. No lo sé, pero tiene mal aspecto…

Halloway luchaba con sus unidades de frenado.

El planeta estaba asolado.

—Santo Dios —musitó Young. Se sentó sobre una columna rota y se secó la cara—. No queda ni una mierda. Nada de nada.

La tripulación comenzó a preparar dispositivos de defensa. El equipo de comunicaciones montó un transmisor accionado median­te pilas. Un equipo técnico perforó el terreno en busca de agua. Otros equipos exploraron los alrededores, en pos de comida.

—No encontrarán la menor señal de vida —dijo Halloway. Señaló con un ademán la inmensa extensión de escombros y herrumbre—. Se extinguieron hace mucho tiempo.

—No lo comprendo —murmuró Mason—. ¿Cómo pudieron arruinar todo un planeta?

—Nosotros arruinamos la Tierra en treinta años.

—Pero no de esta manera. Han agotado Marte. Han agotado todo. No queda nada. Nada de nada. Una gigantesca montaña de desechos.

Halloway intentó encender un cigarrillo con sus dedos temblo­rosos. La cerilla prendió y se apagó. Se sentía ligero y embriagado. Su corazón latía con violencia. El lejano sol, pálido y pequeño, refulgía en lo alto. Marte era un mundo muerto, solitario y frío.

—Lo habrán pasado fatal, viendo como sus ciudades se desmoro­naban —dijo Halloway—. Ni agua, ni minerales, ni suelo.

Tomó un puñado de arena seca y dejó que se escurriera entre sus dedos.

—El transmisor funciona —dijo un miembro de la tripulación.

Mason se levantó y se acercó tambaleante hasta el transmisor.

—Le diré a Davidson lo que hemos descubierto.

Se inclinó sobre el micrófono.

—Bien, me parece que estamos atrapados —dijo Young—. ¿Cuánto tiempo durarán nuestras provisiones?

—Un par de meses.

—Y después… —Young chasqueó los dedos—. Como los marcia­nos. —Miró de soslayo el largo muro corroído de una casa en rui­nas—. Me gustaría saber cómo eran.

—Un equipo semántico está examinando las ruinas. Tal vez des­cubran algo.

Más allá de la ciudad destruida se extendía lo que había sido en otro tiempo una zona industrial. Una sucesión de instalaciones, torres, tuberías y máquinas retorcidas, cubiertas de arena y en parte oxidadas. Huecos bostezantes practicados por excavadoras. Bocas de minas subterráneas. Marte estaba agujereado como un panal, de­vorado por las termitas. Toda una raza había intentado excavar y horadar para seguir con vida. Los marcianos, después de agotar los recursos de Marte, habían huido.

—Un cementerio —dijo Young—. Bien, recibieron su merecido.

—¿Les echas la culpa? ¿Qué debían hacer? ¿Perecer algunos mi­les de años antes y dejar su planeta en mejores condiciones?

—Podrían habernos dejado algo —replicó Young, empecinado—. Tal vez podamos desenterrar sus huesos y cocerlos. Me gustaría po­nerle la mano encima a uno de ellos el rato suficiente para…

Un par de tripulantes se acercaron corriendo.

—¡Miren esto! —Venían cargados con cilindros de metal cente­lleantes—. ¡Miren lo que hemos encontrado bajo tierra!

Halloway se incorporó.

—¿Qué es?

—Registros. Documentos escritos. ¡Entréguenlos al equipo se­mántico! —Carmichael dejó caer su cargamento a los pies de Ha­lloway—. Y esto no es todo. Hemos encontrado algo más: instala­ciones.

—¿Instalaciones? ¿De qué tipo?

—Lanzacohetes. Torres antiguas, carcomidas por el óxido. Hay mon­tones al otro lado de la ciudad. —Carmichael se secó el sudor de su rostro encarnado—. No murieron, Halloway. Se largaron. Agotaron el planeta y se dieron a la fuga.

El doctor Judde y Young se inclinaron sobre los tubos relu­cientes.

—Falta poco —murmuró Judde, absorto en la pauta cambiante que ondulaba en la pantalla de la computadora.

—¿Saca algo en claro? —preguntó Halloway, tenso.

—Se marcharon, no cabe duda. Se largaron. Todos.

Young se volvió hacia Halloway.

—¿Qué opinas? Por lo visto, la raza no se extinguió.

—¿Puede decirnos adónde fueron?

Judde negó con la cabeza.

—A algún planeta que sus naves exploradoras localizaron. Tem­peratura y clima ideales. —Apartó a un lado la computadora—. Toda la civilización marciana se orientó, durante su último período, hacia este planeta salvador. Un proyecto gigantesco, capaz de movilizar a toda una sociedad. Tardaron trescientos o cuatrocientos años en trasladar todo lo valioso de Marte a ese otro planeta.

—¿Cuál fue el resultado de la operación?

—Regular. El planeta era hermoso, pero tuvieron que adaptarse. Por lo visto, no tuvieron en cuenta todos los problemas derivados de colonizar un planeta extraño. —Judde indicó un cilindro—. Las co­lonias degeneraron con mucha rapidez. No pudieron conservar el empuje de sus tradiciones y técnicas. La sociedad se dividió. Des­pués, sobrevino la guerra, la barbarie.

—Por tanto, su emigración fue un fracaso —concluyó Halloway—. Tal vez sea imposible.

—No fue un fracaso —le corrigió Judde—. Sobrevivieron, como mínimo. Este planeta ya no servía para nada. Era mejor vivir co­mo salvajes en un mundo extraño que quedarse aquí para morir. Es lo que dicen estos cilindros.

—Acompáñame —dijo Young a Halloway.

Los dos hombres salieron del barracón del equipo semántico. Era de noche. El cielo estaba sembrado de estrellas centelleantes. Las dos lunas brillaban en lo alto, como dos ojos muertos en el frío cielo.

—Este lugar no nos será de ninguna utilidad —afirmó Young—. No podemos emigrar aquí, es evidente.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Halloway.

—Éste era el último de los nueve planetas. Exploramos todos y cada uno. —El rostro de Young estaba encendido de emoción—. Ninguno tolerará la vida. Todos son mortales o inútiles, como esta pila de excrementos. Todo el Sistema Solar está descartado.

—¿Y?

—Tendremos que salir del Sistema Solar.

—¿Y adónde iremos? ¿Cómo?

Young señaló la ciudad marciana en ruinas, las filas de torres oxidadas y desmoronadas.

—Adonde ellos fueron. Encontraron un lugar, un mundo virgen, más allá del Sistema Solar. Inventaron un sistema de propulsión que les llevara a ese punto.

—¿Quieres decir…?

—Debemos seguirles. Este Sistema Solar está muerto, pero afue­ra, en otro sistema, encontraron un mundo adecuado a sus necesidades, y una forma de trasladarse a él.

—Tendríamos que luchar con ellos si aterrizáramos en ese plane­ta. No querrán compartirlo.

Young escupió en la arena, irritado.

—Sus colonias degeneraron, ¿te acuerdas? Cayeron en la barba­rie. Podremos manejarles. Contamos con toda clase de armas… Ar­mas capaces de dejar un planeta como la palma de una mano.

—No queremos hacer eso.

—¿Qué queremos hacer? ¿Decirle a Davidson que estamos atra­pados en la Tierra? ¿Permitir que los seres humanos se conviertan en topos, en seres reptantes y ciegos…?

—Si seguimos a los marcianos, tendremos que luchar para arre­batarles su mundo. Ellos lo encontraron; les pertenece a ellos, no a nosotros. Y es posible que no descubramos su sistema de propul­sión. Es posible que los planos se hayan perdido.

Judde salió del barracón del equipo semántico.

—Tengo más información. Toda la historia está aquí. Detalles so­bre el planeta al que huyeron: flora y fauna, estudios sobre la gravedad, densidad del aire, yacimientos minerales, estratos del suelo, clima, temperatura… Todo.

—¿Y su sistema de propulsión?

—También. Todo. —Judde temblaba de emoción—. Tengo una idea. Pasemos los esquemas al equipo de ingenieros, por si pueden du­plicarlos. En tal caso, seguiremos a los marcianos. Podríamos com­partir su planeta.

—¿Lo ves? —dijo Young a Halloway—. Davidson sostendrá la mis­ma opinión. Es obvio.

Halloway dio media vuelta y se alejó.

—¿Qué le pasa? —preguntó Judde.

—Nada. Lo superará. —Young garrapateó con rapidez un mensaje en un trozo de papel—. Ordene que transmitan esto a Davidson.

Judde leyó el mensaje por encima y silbó.

—Es un informe sobre la emigración marciana y el planeta al que escaparon.

—Queremos empezar cuanto antes. Tardaremos mucho en hacer­nos con el control.

—¿Cambiará Halloway de opinión?

—Cambiará de opinión. No se preocupe por él.

Halloway levantó la vista hacia las torres. Las torres inclinadas y semiderruidas desde las que habían despegado las naves marcia­nas, miles de años atrás.

No se advertía ni el menor signo de vida. Todo el planeta estaba muerto.

Halloway paseó entre las torres. La linterna de su casco señalaba un sendero blanco frente a él. Ruinas, montones de metal oxidado. Montañas de cables y materiales de construcción. Piezas de maqui­naria. Partes de edificios a medias enterrados que surgían de la arena.

Llegó a una plataforma elevada y subió los escalones con cautela. Se encontró en un observatorio, rodeado por los restos de cuadrantes y medidores. Un telescopio continuaba encajado en su sitio.

—¿Oiga? —dijo una voz desde abajo—. ¿Quién está ahí?

—Halloway.

—Dios mío, me ha asustado. —Carmichael desvió su rifle y trepó por la escalerilla—. ¿Qué está haciendo?

—Echaba un vistazo.

Carmichael apareció, jadeante y enrojecido.

—Estas torres son muy interesantes. Era un sistema de señales automático, para facilitar el despegue de las naves de carga. La po­blación ya se había marchado. —Carmichael palmeó el cuadro de mandos destruido—. Las naves de carga continuaban despegando después de la partida de los marcianos, cargadas de máquinas y ac­tivadas por máquinas.

—Es una suerte que encontraran un lugar adonde irse.

—Desde luego. El equipo de mineralogía dice que no queda nada, sólo arena, roca y cascotes. Ni siquiera el agua es buena. Se lleva­ron todo lo de valor.

—Judde dice que el mundo al que huyeron es encantador.

—Virgen. —Carmichael se humedeció sus gruesos labios—. Intocado. Árboles, prados y océanos azules. Me enseñó una proyección del cilindro por computadora.

—Es una pena que no tengamos un sitio como ése al que ir. Un mundo virgen a nuestra entera disposición.

Carmichael se había inclinado sobre el telescopio.

—Emplearon este aparato. Cuando enfocaba el planeta al que ha­bían huido, un relé activaba un mecanismo de disparo en la torre de control. La torre lanzaba las naves. En cuanto partían, un nuevo grupo se colocaba en posición. —Carmichael procedió a lim­piar las sucias lentes del telescopio—. Voy a probar si vemos el pla­neta.

Un vago globo luminoso flotaba en las viejas lentes. Halloway lo vislumbró, oscurecido por la mugre de siglos, oculto tras una cortina de partículas metálicas y polvo.

Carmichael se puso a cuatro patas para ajustar el mecanismo de enfoque.

—¿Ve algo? —preguntó.

—Sí —asintió Halloway.

Carmichael le apartó a un lado.

—Déjeme echar un vistazo. —Se inclinó sobre las lentes—. ¡Oh, Dios mío!

—¿Qué pasa? ¿No lo ve?

—Lo veo —dijo Carmichael, poniéndose a cuatro patas de nuevo—. O el aparato se ha desviado, o el lapso de tiempo es demasiado grande. Sin embargo, debería ajustarse automáticamente. Claro que la caja de engranajes no se ha movido desde…

—¿Qué sucede? —preguntó Halloway.

—Es la Tierra. ¿No la ha reconocido?

—¡La Tierra!

Carmichael rió despectivamente, hastiado.

—Este estúpido aparato se habrá averiado. Quería echar un vista­zo a su planeta soñado, y resulta que es la vieja Tierra, de donde nosotros venimos. Me he roto los cuernos para arreglar este desas­tre, y ya ve lo que hemos conseguido.

—¡La Tierra! —murmuró Halloway.

Terminaba de contarle a Young lo sucedido.

—No puedo creerlo —dijo éste—, pero la descripción se ajusta a la Tierra de hace miles de años…

—¿Cuánto hace que se marcharon? —preguntó Halloway.

—Unos seis mil años —contestó Judde.

—Y las colonias establecidas en el nuevo planeta cayeron en la barbarie.

Los cuatro hombres permanecieron en silencio. Se miraron entre sí, con los labios apretados.

—No hemos destruido un mundo, sino dos —dijo por fin Halloway—. Primero, Marte. Una vez destruido, nos trasladamos a la Tie­rra. Y destruimos la Tierra tan sistemáticamente como Marte.

—El círculo se ha cerrado —habló Mason—. Hemos vuelto al prin­cipio, a recoger lo que nuestros antepasados sembraron. Dejaron Mar­te tal como lo vemos ahora, inservible, y hemos vuelto para mero­dear entre las ruinas como profanadores de tumbas.

—Cállese —le espetó Young. Paseaba de un lado a otro, irritado—. No puedo creerlo.

—Somos marcianos, descendientes de la raza que abandonó este lugar. Hemos vuelto de las colonias. Hemos vuelto a casa. —La voz de Mason adquirió un timbre histérico—. ¡Hemos vuelto a casa, a nuestras raíces!

Judde apartó el ordenador y se puso en pie.

—No existe duda. Contrasté sus análisis con nuestros registros ar­queológicos. Coinciden. El mundo al que huyeron, hace seis mil años, fue la Tierra.

—¿Qué le diremos a Davidson? —inquirió Mason. Lanzó una ri­sita feroz—. Hemos encontrado el lugar perfecto. Un mundo intocado por manos humanas, envuelto todavía en papel de celofán.

Halloway caminó hacia la puerta del barracón y miró en silencio hacia fuera. Judde se reunió con él.

—Es una verdadera catástrofe. Estamos atrapados sin remisión. ¿Qué demonios está mirando?

El frío cielo titilaba sobre sus cabezas. Las llanuras desoladas de Marte, kilómetros y kilómetros de ruinas desiertas, se extendían bajo la tenebrosa luz.

—Esto —respondió Halloway—. ¿Sabe lo que me recuerda?

—Un merendero.

—Botellas rotas, latas y platos tirados. Lo que dejan los excursio­nistas cuando se van. Sólo que los excursionistas han regresado. Han regresado…, y tienen que vivir entre la suciedad que han ocasionado.

—¿Qué le diremos a Davidson? —volvió a preguntar Mason.

—Ya le he llamado —contestó Young, cansado—. Le dije que po­díamos ir a un planeta alejado del Sistema Solar, que los marcianos habían inventado un sistema de propulsión.

—Un sistema de propulsión… —Judde meditó—. Esas torres. —Frun­ció los labios—. Quizá poseyeran un sistema de propulsión. Quizá valga la pena proseguir la traducción.

Se miraron entre sí.

—Diga a Davidson que vamos a continuar —ordenó Halloway—. Continuaremos hasta encontrarlo. No pensamos quedarnos en esta chatarrería abandonada. —Sus ojos grises brillaban—. Lo encontrare­mos. Un mundo virgen. Un mundo intacto.

Intacto —repitió Young—. Que nadie haya contaminado.

—Seremos los primeros —murmuró codiciosamente Judde.

—¡Es un error! —chilló Mason—. ¡Con dos es suficiente! ¡No des­truyamos un tercer mundo!

Nadie le hizo caso. Judde, Young y Halloway alzaron la vista, con el ansia reflejada en sus rostros. Abrieron y cerraron los puños, como si ya hubieran llegado. Como si ya fueran dueños absolutos del nuevo mundo y lo aferraran con todas sus fuerzas, destrozándo­lo átomo a átomo.

Cuento un Recuerdo

0

Posted on : 27-02-2011 | By : uslico | In : Cuentos

—Allá vamos, señor —dijo el robot.

Las palabras desconcertaron a Rogers, que levantó la vista al instante. Enderezó el cuerpo y ajustó el cinturón de seguridad en el interior de su chaqueta cuando la nave burbuja empezó a descender, veloz y silenciosamente, hacia la superficie del planeta.

Éste era el Mundo de Williamson, pensó con el corazón encogi­do. El legendario planeta perdido…, y descubierto después de tres siglos. Por accidente, desde luego. Este planeta azul y verde, el san­to grial del Sistema Galáctico, había sido localizado de una manera casi milagrosa por una expedición cartográfica de rutina.

Frank Williamson había sido el primer terrícola que inventó la propulsión adecuada para viajar al espacio, el primero que abando­nó el Sistema Solar y voló hacia el universo que se extendía más allá. Nunca regresó. Él, su mundo, su colonia, jamás fueron encon­trados. Surgieron incontables rumores, pistas y leyendas falsas…, y nada más.

—Recibido permiso de aterrizaje.

El piloto robot aumentó el volumen del altavoz y prestó atención.

—Pista preparada —dijo una voz fantasmal—. Recuerde que su me­canismo de propulsión es desconocido para nosotros. ¿Cuánta ne­cesita? Hemos levantado los muros de frenado.

Rogers sonrió. Oyó como el piloto les decía que no necesitaban ninguna. Con aquella nave no. Podían bajar los muros de frenado sin el menor problema.

¡Trescientos años! Habían tardado mucho en encontrar el Mundo de Williamson. Muchas autoridades habían desistido. Algunas creían que jamás había tomado tierra, que había muerto en el espa­cio. Tal vez no existía el Mundo de Williamson. No contaban con pistas reales, desde luego, nada tangible en que apoyarse. Frank Williamson y tres familias habían desaparecido sin dejar rastro en el vacío insondable. Nunca se volvió a saber nada de ellos.

Hasta ahora…

El joven le recibió en la pista. Era delgado y pelirrojo, y vestía un pintoresco traje de un material brillante.

—¿Es usted de la Coordinadora Central Galáctica? —preguntó.

—Exacto —respondió Rogers secamente—. Soy Edward Rogers.

El joven extendió la mano, y Rogers se la estrechó, algo descon­certado.

—Me llamo Williamson —dijo el joven—, Gene Williamson.

El apellido martilleó en los oídos de Rogers.

—¿Es usted…?

El joven asintió, con aire enigmático.

—Soy su tataratataranieto. Su tumba está aquí. Si quiere, puede verla.

—Casi esperaba encontrarle en persona. Él es…, bueno, una figu­ra casi divina para nosotros. El primer hombre que salió del Sistema Solar.

—También significa mucho para nosotros —dijo el joven—. Él nos trajo aquí. Exploró durante mucho tiempo antes de encontrar un planeta habitable. —Williamson indicó con un ademán la ciudad que se extendía al otro lado de la pista—. Éste reunía las condiciones necesarias. Es el décimo planeta del sistema.

La mirada de Rogers brillaba. El Mundo de Williamson. Bajo sus pies. Pisó el suelo con firmeza cuando bajó por la rampa y se alejó de la pista. ¿Cuántos hombres de la galaxia habían soñado con bajar por una rampa de aterrizaje y poner pie en el Mundo de Williamson, acompañados de un joven descendiente de Frank Wi­lliamson?

—Todo el mundo querrá venir —dijo Williamson, como si adivi­nara sus pensamientos—. Para arrojar basura, pisotear las flores y llevarse a su casa un puñado de tierra. —Lanzó una carcajada ner­viosa—. La Coordinadora les controlará, desde luego.

—Desde luego —le tranquilizó Rogers.

Rogers se detuvo en seco al pie de la rampa. Por primera vez veía la ciudad.

—¿Qué pasa? —preguntó Gene Williamson, algo divertido.

Se habían quedado al margen de todo, claro. Aislados… Por tan­to, no era tan sorprendente. El que no vivieran en cuevas y comieran carne cruda era un portento. Pero Williamson siempre había simbolizado el progreso, el desarrollo. Había sido un hombre ade­lantado a los demás.

Su propulsión espacial era primitiva si se comparaba con los cri­terios modernos, por descontado; una curiosidad. Sin embargo, el concepto no se había alterado: Williamson, el pionero, el inventor. El hombre que la había construido.

No obstante, la ciudad era un simple pueblo, compuesto por una docenas de casas, algunos edificios públicos y complejos industria­les en la periferia. Más allá de la ciudad se extendían campos ver­des, colinas y amplias praderas. Algunos vehículos de superficie se arrastraban perezosamente por las estrechas calles, y la mayoría de los ciudadanos se desplazaban a pie. Parecía un increíble anacro­nismo, arrancado del pasado.

—Estoy acostumbrado a la civilización galáctica uniforme —dijo Rogers—. La Coordinadora mantiene invariables los niveles tecnocrático e ideológico. Es difícil amoldarse a un estadio social tan radicalmente diferente. De todas formas, ustedes han permanecido aislados.

—¿Aislados? —se extrañó Williamson.

—De la Coordinadora. Se han visto obligados a evolucionar sin ayuda.

Un vehículo de superficie frenó ante ellos. El conductor abrió la puerta manualmente.

—Ahora que he recordado estos factores, me acomodaré —le ase­guró Rogers.

—Al contrario —repuso Williamson, entrando en el vehículo—. Hace más de un siglo que recibimos directrices de la Coordinadora.

Indicó a Rogers que tomara asiento a su lado.

—No lo entiendo. —Rogers estaba asombrado—. ¿Quiere decir que han establecido contacto con la Coordinadora y no han tratado de…?

—Recibimos sus directrices —dijo Gene Williamson—, pero nues­tros ciudadanos no están interesados en utilizarlas.

El vehículo de superficie corrió por la autopista y pasó junto a la falda de una inmensa colina roja. No tardaron en dejar la ciudad a sus espaldas; un débil resplandor reflejaba los rayos del sol. Ar­bustos y plantas bordeaban la autopista. La parte escarpada del acan­tilado se alzaba hacia el cielo, como una enorme muralla de piedra arenisca roja, mellada y virgen.

—Hermosa noche —comentó Williamson.

Rogers asintió con la cabeza, aturdido.

Williamson bajó la ventanilla. El aire frío se introdujo en el coche, acompañado de unos insectos parecidos a mosquitos. A lo le­jos, dos diminutas figuras araban un campo: un hombre y un gigantesco animal.

—¿Cuándo llegaremos? —preguntó Rogers.

—Pronto. La mayoría vivimos lejos de las ciudades. Vivimos en el campo, en granjas aisladas autosuficientes, siguiendo el modelo de los feudos medievales.

—Por tanto, su nivel de subsistencia es de lo más rudimentario. ¿Cuánta gente vive en cada granja?

—Unas cien personas, entre hombres y mujeres.

—Cien personas no pueden realizar tareas más complejas que te­jer, teñir y prensar papel.

—Contamos con complejos industriales especiales, sistemas de manufactura. Este vehículo es un buen ejemplo de nuestra producción. Tenemos comunicaciones, alcantarillados y servicios médicos. Nuestros adelantos tecnológicos son iguales a los de la Tierra.

—La Tierra del siglo veintiuno —protestó Rogers—, pero eso fue hace trescientos años. Ustedes mantienen a propósito una civilización arcaica, a pesar de las directrices de la Coordinadora. No tiene sen­tido.

—Tal vez lo preferimos así.

—Pero no tienen derecho a preferir un estadio cultural inferior. Cada civilización ha de adaptarse al rumbo general. La Coordinadora se encarga de uniformizar el desarrollo. Integra los factores válidos y rechaza el resto.

Se estaban acercando a la granja, el «feudo» de Gene Williamson. Consistía en unos pocos edificios sencillos, arracimados en un valle, a un lado de la autopista, rodeados de campos y pastos. El vehículo de superficie se desvió por una carretera lateral angosta y descendió con precaución, curva tras curva, hacia el fondo del va­lle. Oscurecía. El aire frío penetraba en el coche, y el conductor en­cendió los faros delanteros.

—¿No tienen robots? —preguntó Rogers.

—No. Todos hacemos el trabajo que nos corresponde.

—Ha establecido una distinción puramente arbitraria —señaló Ro­gers—. Un robot es una máquina. Ustedes no prescinden de las máquinas. Este coche es una máquina.

—Cierto —reconoció Williamson.

—La máquina es una herramienta desarrollada —prosiguió Ro­gers—. El hacha es una máquina sencilla. Un palo se transforma en una herramienta, o sea, una máquina sencilla, en manos de un hombre que busca algo. Una máquina no es más que una herramienta compuesta de múltiples elementos, que aumenta el porcentaje de su capacidad. El hombre es el animal que fabrica herramientas. La his­toria del hombre es la historia de las herramientas que se convierten en máquinas, elementos funcionales más grandes y eficaces. Si re­chazan las máquinas, rechazan el instrumento esencial del hombre.

—Ya hemos llegado —dijo Williamson.

El vehículo frenó y el conductor les abrió las puertas.

Tres o cuatro edificios de madera enormes se erguían en la os­curidad. Algunas formas borrosas, formas humanas, se movían de un lado a otro.

—La cena está preparada —indicó Williamson, olfateando el aire—. Ya la huelo.

Entraron en el edificio principal. Varios hombres y mujeres es­taban sentados a una larga y tosca mesa. Tenían ante ellos bandejas y platos. Estaban esperando a Williamson.

—Éste es Edward Rogers —anunció Williamson.

Los comensales examinaron a Rogers con curiosidad, y después se concentraron de nuevo en la comida.

—Siéntese a mi lado —le apremió una chica de ojos oscuros.

Le hicieron un sitio cerca del extremo de la mesa. Rogers se en­caminó hacia el lugar indicado, pero Williamson se lo impidió.

—Allí no. Usted es mi invitado. Debe sentarse conmigo.

La chica y sus acompañantes rieron. Rogers, desconcertado, se sentó junto a Williamson. El banco era tosco e incómodo. Examinó una copa de madera hecha a mano. La comida estaba amontonada en enormes cuencos de madera. Había estofado, ensalada y grandes hogazas de pan.

—Es como si hubiéramos vuelto al siglo catorce —dijo Rogers.

—Sí —convino Williamson—. La vida feudal se remonta a la era romana y al mundo clásico. Los galos, los bretones…

—Esta gente, ¿es…?

Williamson asintió con la cabeza.

—Mi familia. Estamos divididos en pequeñas unidades, siguiendo el patrón patriarcal tradicional. Soy el varón de mayor edad y ca­beza de familia.

La gente engullía la comida con rapidez: carne guisada y verdu­ras. Se ayudaban con rebanadas de pan cubierto de mantequilla y bebían leche. La estancia estaba iluminada con luces fluorescentes.

—Increíble —murmuró Rogers—. Todavía utilizan energía eléctrica.

—Oh, sí. Hay muchas cascadas en este planeta. El vehículo era eléctrico, alimentado con baterías.

—¿Por qué no hay ancianos?

Rogers vio a varias mujeres de avanzada edad, pero Williamson era el hombre más viejo, y no sobrepasaría los treinta años.

—Los combates —replicó Williamson, con un gesto expresivo.

—¿Combates?

—Las guerras de clanes entre familias constituyen una parte muy im­porte de nuestra cultura. —Williamson indicó con un gesto de la cabeza la larga mesa—. No vivimos mucho.

—¿Guerras de clanes? Pero…

Rogers estaba asombrado.

—Tenemos pendones y emblemas…, como las antiguas tribus es­cocesas.

Tocó una cinta brillante que llevaba en la manga. Representaba a un pájaro.

—Cada familia tiene sus propios colores y emblemas, y luchamos por ellos. La familia Williamson ya no controla este planeta. Ya no existe un gobierno central. Los asuntos de gran importancia los sol­ventamos mediante un plebiscito; todos los clanes votan. Cada fa­milia del planeta cuenta con un voto.

—Como los indios norteamericanos.

Williamson asintió.

—Un sistema tribal. Con el tiempo, supongo que llegaremos a constituir tribus diferentes. Todavía conservamos un idioma común, pero nos estamos desmembrando…, descentralizando. Además, cada familia tiene sus costumbres y reglas.

—¿Por qué luchan? —preguntó Rogers.

Williamson se encogió de hombros.

—Cosas importantes, como tierras y mujeres. Algunas son de tipo imaginario. El prestigio, por ejemplo. Cuando la causa es el honor, celebramos un combate oficial público semestral. Participa un hom­bre de cada familia. El mejor guerrero y sus armas.

—Como las justas medievales.

—Somos una amalgama de todas las tradiciones. La tradición hu­mana en conjunto.

—¿Posee cada familia una deidad diferente?

—No —rió Williamson—. Sostenemos en común un vago animis­mo, un sentido de la vitalidad positiva general del proceso universal. —Alzó una hogaza de pan—. Damos las gracias por todo esto.

—Que ustedes mismos cultivan.

—En un planeta destinado a nosotros. —Williamson comió el pan con aire pensativo—. Los viejos informes dicen que la nave estaba casi acabada. El carburante se había agotado; un desierto muerto y árido tras otro. De no topar con este planeta, toda la expedición habría perecido.

—¿Un puro? —preguntó Williamson, en cuanto se llevaron los cuencos vacíos.

—Gracias.

Rogers aceptó el puro a regañadientes. Williamson encendió el suyo y se recostó contra el muro.

—¿Cuánto tiempo se va a quedar? —preguntó, al cabo de unos ins­tantes.

—No mucho —respondió Rogers.

—Le hemos preparado una cama —dijo Williamson—. Nos acosta­mos pronto, pero habrá un poco de baile, canciones y teatro. Dedi­camos mucho tiempo a la interpretación y a la puesta en escena de obras dramáticas.

—¿Ponen énfasis en la liberación psicológica?

—Nos encanta fabricar y hacer cosas, si se refiere a eso.

Rogers miró a su alrededor. Las paredes estaban cubiertas de murales, pintados sobre la tosca madera.

—Me da la impresión que extraen sus colores de la arcilla y las bayas, ¿no es cierto? —preguntó.

—No del todo —replicó Williamson—. Tenemos una gran industria de pigmentos. Mañana le enseñaré el horno en el que cocemos nuestros productos. Algunas de nuestras mejoras obras se han rea­lizado mediante la manipulación de telas y cedazo.

—Interesante. Una sociedad descentralizada que retrocede poco a poco hacia el tribalismo primitivo. Una sociedad que rechaza vo­luntariamente los productos tecnocráticos y culturales avanzados de la galaxia, que rehusa de una forma deliberada el contacto con el resto de la Humanidad.

—Sólo con la sociedad uniforme controlada por la Coordinadora —insistió Williamson.

—¿Sabe usted por qué la Coordinadora mantiene un nivel unifor­me para todos los mundos? —preguntó Rogers—. Yo se lo diré. Exis­ten dos razones: primera, el cuerpo de conocimientos que el hombre ha acumulado no permite la duplicación del experimento. No hay tiempo.

»Cuando se produce un descubrimiento, es absurdo repetirlo en los incontables planetas del Universo. La información obtenida en cualquiera de los miles de mundos se comunica a la sede de la Coordinadora, y de allí a toda la galaxia. La Coordinadora examina y selecciona las experiencias, y las coordina en un sistema racional y funcional carente de contradicciones. La Coordinadora ordena toda la experiencia de la Humanidad en una estructura coherente.

—¿Y la segunda razón?

—Si se mantiene una cultura uniforme, controlada desde una sede central, no habrá guerra.

—Cierto —admitió Williamson.

—Hemos abolido la guerra, así de sencillo. Tenemos una cultura tan homogénea como la de la Roma antigua, una cultura común para toda la Humanidad, a lo largo y ancho de la galaxia. Cada pla­neta se encuentra tan implicado en ella como cualquier otro. No hay diferencias culturales que alimenten la envidia y el odio.

—Como sucede aquí.

Rogers aspiró aire lentamente.

—Sí. Ustedes nos han enfrentado a una extraña situación. Hemos buscado el Mundo de Williamson durante trescientos años. Deseá­bamos y soñábamos encontrarlo. Ha sido algo comparable al impe­rio del preste Juan, un mundo fabuloso, aislado del resto de la humanidad. Irreal, incluso. Existía la posibilidad que Frank Williamson se hubiera estrellado en algún sitio.

—Pero no lo hizo.

—No lo hizo, y el Mundo de Williamson existe y ha creado su propia civilización. Aislado a propósito, con sus normas de vida y criterios propios. Ahora hemos establecido contacto, y el sueño se ha convertido en realidad. Los habitantes de la galaxia no tardarán en saber que hemos encontrado el Mundo de Williamson. Ahora, podremos devolver a la primera colonia establecida fuera del Sistema Solar el lugar que merece en la civilización galáctica.

Rogers rebuscó en su bolsillo y extrajo un paquete de metal. Lo desenvolvió y depositó un pulcro documento sobre la mesa.

—¿Qué es eso? —preguntó Williamson.

—Los Artículos de la Incorporación. Deben firmarlos para que el Mundo de Williamson pase a formar parte de la civilización galác­tica.

Williamson y las demás personas que se hallaban en la estancia guardaron silencio. Contemplaron el documento sin pronunciar palabra.

—¿Y bien? —preguntó Rogers. Estaba tenso. Empujó el documen­to hacia Williamson—. Aquí lo tiene.

Williamson meneó la cabeza.

—Lo siento. —Empujó con firmeza el documento en dirección a Rogers—. Ya hemos celebrado un plebiscito. Lamento decepcionarle, pero ya hemos decidido no aceptar su invitación. Nuestra deci­sión es definitiva.

La nave de Clase Uno describió una órbita exterior al cinturón gravitatorio del Mundo de Williamson.

El comandante Ferris estableció contacto con la sede de la Coor­dinadora.

—Ya hemos llegado. ¿Cuál es el siguiente paso?

—Lancen un equipo de minado. Infórmenme en cuanto hayan lle­gado a la superficie.

El cabo Pete Matson fue lanzado diez minutos después en un tra­je presurizado. Descendió lentamente hacia el globo azul y verde; giraba y oscilaba a medida que se aproximaba a la superficie del planeta.

Matson aterrizó y rebotó un par de veces. Se puso en pie, dando tumbos. Por lo visto, había caído al borde de un bosque. Se quitó el casco protector a la sombra de los enormes árboles. Se abrió paso con cautela, aferrando su rifle desintegrador.

Una voz resonó en sus auriculares.

—¿Alguna señal de actividad?

—Ninguna, comandante —contestó.

—A su derecha hay lo que parece ser un poblado. Es posible que se tope con alguien. Siga avanzando y mantenga los ojos abier­tos. Acaba de ser lanzado el resto del equipo. Recibirá más instrucciones.

—Estaré atento —prometió Matson mientras acunaba su arma.

Para hacer una prueba, apuntó a una colina lejana y apretó el ga­tillo. La colina se convirtió en una alta columna de polvo.

Matson ascendió a la cumbre de un acantilado y se protegió los ojos para escudriñar su entorno.

Vio el pueblo. Era pequeño, como una ciudad provinciana de la Tierra. Parecía interesante. Vaciló un momento. Después, bajó la elevación rápidamente y se dirigió hacia el pueblo.

Tres miembros más del equipo se lanzaron desde la nave de Cla­se Uno. Asían con firmeza sus fusiles y descendían poco a poco ha­cia la superficie del planeta…

Rogers enrolló los documentos de la Incorporación y los guardó de nuevo en su chaqueta.

—¿Se dan cuenta de lo que han hecho? —preguntó.

Un silencio mortal reinaba en la estancia. Williamson asintió con la cabeza.

—Por supuesto. Nos hemos negado a integrarnos en su sistema.

Los dedos de Rogers tocaron el micrófono oculto y lo activaron.

—Lo lamento —dijo.

—¿Le sorprende?

—No exactamente. La Coordinadora sometió el informe de nues­tros exploradores a las computadoras. Existía la posibilidad cierta que ustedes se negaran. Me dieron instrucciones al efecto.

—¿Cuáles son sus instrucciones?

Rogers consultó su reloj.

—Informarles que tienen seis horas para integrarse en el siste­ma…, o ser borrados del Universo. —Se levantó bruscamente—. Lamento que esto haya ocurrido. El Mundo de Williamson es una de nuestras leyendas más queridas, pero nada debe destruir la uni­dad de la galaxia.

Williamson también se había puesto en pie. Una palidez mortal cubría su cara. Los dos hombres se contemplaron, desafiadores.

—Lucharemos —dijo Williamson en voz baja.

Abrió y cerró los dedos con violencia.

—Eso es ridículo. Ustedes han recibido información de la Coor­dinadora concerniente al desarrollo de nuestras armas. Saben cuáles posee nuestra flota.

Los demás seguían sentados en su sitio, mirando sus platos va­cíos. Nadie se movió.

—¿Es necesario? —preguntó Williamson, con voz ronca.

—Hay que impedir las diferenciaciones culturales si queremos que reine la paz en la galaxia —replicó Rogers con firmeza.

—¿Nos van a destruir para evitar la guerra?

—Destruiremos cualquier cosa con tal de evitar la guerra. No po­demos permitir que nuestra sociedad degenere en nacionalismos separatistas, siempre ansiosos de pendencias y enfrentamientos…, como sus clanes. Nuestra estabilidad se basa en la ausencia del concepto de diferenciación. Hay que preservar la uniformidad y desalentar el separatismo, una idea que ni siquiera debería difun­dirse.

Williamson estaba pensativo.

—¿Cree que lo van a conseguir? Existen muchos correlativos semánticos, sinónimos, metáforas. Aun en el caso que nos destruyan, surgirá en otro lugar.

—Correremos el riesgo. —Rogers se encaminó a la puerta—. Vol­veré a mi nave y esperaré. Sugiero que vuelvan a votar. El saber hasta dónde estamos dispuestos a llegar puede que altere el resul­tado.

—Lo dudo.

El micrófono de Rogers susurró de repente.

—Norte a Coordinadora.

Rogers tocó el micro con los dedos.

—Una nave de guerra Clase Uno se halla en su zona. Ha aterri­zado un equipo. Mantenga a su nave guarecida hasta que pueda re­gresar. He ordenado al equipo que siembre el terreno con terminales de minas de fisión.

Rogers no dijo nada. Sus dedos se cerraron en torno al micro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Williamson.

—Nada. —Rogers abrió la puerta—. Debo volver cuanto antes a mi nave. Nos vamos.

El comandante Ferris llamó a Rogers en cuanto su nave abando­nó el Mundo de Williamson.

—Norte me ha dicho que usted ya les ha informado.

—Exacto. También ha llamado a su equipo, para que prepare el ataque.

—Así me han informado. ¿Cuánto tiempo les ha ofrecido?

—Seis horas.

—¿Cree que aceptarán?

—No lo sé. Espero que sí, aunque lo dudo.

El Mundo de Williamson giraba lentamente en la pantalla, con sus bosques, ríos y océanos verdes y azules. En otros tiempos, la Tierra había tenido este aspecto. Rogers vio la nave de guerra de Clase Uno, un enorme globo plateado que orbitaba alrededor del planeta.

El mundo legendario que había sido localizado y visitado iba a ser destruido. Había intentado evitarlo, pero sin éxito. No podía impedir lo inevitable.

Si el Mundo de Williamson rehusaba integrarse en la civiliza­ción galáctica, su destrucción se convertía en una necesidad, tajan­te, axiomática. O el Mundo de Williamson, o la galaxia. Había que sacrificar lo secundario en aras de lo fundamental.

Rogers se acomodó ante la pantalla y esperó.

Al término de las seis horas, una línea de puntos negros se elevó del planeta en dirección a la nave de Clase Uno. Reconoció lo que eran: cohetes de reacción pasados de moda. Una formación de an­ticuados bajeles de guerra, dispuestos a presentar batalla.

El planeta no había cambiado de opinión. Iba a luchar. Deseaba ser destruido antes que cambiar su forma de vida.

Los puntos negros aumentaron de tamaño hasta transformarse en relucientes discos metálicos que se movían con torpeza. Un espectáculo patético. Rogers se sintió extrañamente conmovido, al ver que las naves de propulsión a chorro se abrían en abanico para ofrecer menos blanco. La nave de guerra de Clase Uno gi­raba en su órbita, describía un perezoso y eficiente arco. Sus filas de tubos energéticos se alzaban poco a poco para entablar com­bate.

De repente, la formación de anticuados cohetes cargó. Se pre­cipitaron sobre la nave y dispararon sus armas. Los tubos de la nave de Clase Uno siguieron su curso. Los cohetes retrocedieron desmañadamente para tomar distancia para la segunda intentona, y vol­vieron a cargar.

Brotó una lengua de energía carente de color. Los atacantes desaparecieron.

El comandante Ferris llamó a Rogers.

—Menuda caterva de idiotas melodramáticos. —Su rostro grave estaba pálido—. Nos han atacado con esas antiguallas.

—¿Algún daño?

—Ninguno. —Ferris se secó la frente con manos temblorosas—. Por lo que a mí respecta, ninguno.

—¿Cuál es el siguiente paso?

—Me he desentendido de la operación de minado y se la he pa­sado a la Coordinadora. Ellos se encargarán. El impulso bastará para…

El globo verde y azul se estremeció convulsivamente. Se par­tió en pedazos, en silencio. Los fragmentos salieron volando y el planeta se disolvió en una nube de llamas blancas, una masa deslumbrante de fuego incandescente. Después, se convirtió en cenizas.

Los escudos protectores de la nave de Rogers entraron en acción para rechazar las partículas que se precipitaban contra el casco. Se desintegraban al instante.

—Bien —dijo Ferris—, todo ha terminado. Norte se encargará de difundir el error cometido por los exploradores. El Mundo de Williamson no fue encontrado. La leyenda seguirá siendo una leyenda.

Rogers continuó mirando la pantalla hasta que los últimos frag­mentos dejaron de volar, y sólo quedó una sombra vaga y desteñida. Los escudos protectores se desconectaron automáticamente. A su derecha, la nave de batalla de Clase Uno ganó velocidad y se diri­gió hacia el sistema de Riga.

El Mundo de Williamson ya no existía. La civilización de la Coordinadora Galáctica se había salvado. Había terminado de la ma­nera más eficaz posible con la idea y el concepto de una civilización diferente, con sus costumbres y normas propias.

—Buen trabajo —susurró el micrófono de la Coordinadora. Norte estaba complacido—. Las minas de fisión fueron colocadas a la perfección. No queda nada.

—No —corroboró Rogers—. No queda nada.

El cabo Pete Matson abrió la puerta de su casa, sonriendo am­pliamente.

—¡Hola, cariño! ¡Sorpresa!

—¡Pete! —Gloria Matson acudió corriendo y rodeó con sus brazos a su marido—. ¿Qué haces en casa? Pete…

—Permiso especial. Cuarenta y ocho horas. —Pete dejó caer su maleta con aire triunfal—. Hola, muchacho.

Su hijo le saludó con timidez.

—Hola.

Pete se agachó y abrió la maleta.

—¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo va la escuela?

—Ha contraído otro resfriado —dijo Gloria—. Se ha recuperado casi del todo. Pero dime, ¿qué ha ocurrido? ¿Qué hicieron…?

—Secreto militar. —Pete rebuscó en su maleta—. Toma. —Alargó algo a su hijo—. Te he traído una cosa. Un recuerdo.

Tendió a su hijo una copa de madera hecha a mano. El chico la tomó y le dio vueltas, curioso y desconcertado.

—¿Qué es un…, un recuerdo?

Matson se esforzó en explicar el difícil concepto.

—Bueno, es algo que te recuerda un lugar diferente. Algo que no existe donde tú vives, ya sabes. —Matson dio unos golpecitos a la copa—. Es para beber. No es como nuestras copas de plástico, ¿verdad?

—No —dijo el niño.

—Fíjate en esto, Gloria. —Pete sacó de la maleta un gran trozo de tela doblado, estampado con dibujos de muchos colores—. Me salió muy barato. Puedes hacerte una falda. ¿Qué me dices? ¿Habías vis­to nunca algo igual?

—No —reconoció Gloria, asombrada—. En absoluto.

Tomó la tela y la tocó con reverencia.

Pete Matson contempló henchido de alegría a su mujer y a su hijo, que admiraban los recuerdos que les había traído, recuerdos de sus excursiones a lugares lejanos. Lugares extraños.

—Caray —susurró su hijo, sin dejar de darle vueltas a la copa. Un extraño brillo iluminaba sus ojos—. Muchas gracias, papá. Por el…, recuerdo.

El brillo extraño se intensificó.

Cuento La Maqueta

0

Posted on : 26-02-2011 | By : uslico | In : Cuentos

Verne Haskel subió los escalones del porche casi sin fuerzas, arrastrando el abrigo tras él. Estaba cansado. Cansado y desalenta­do. Y le dolían los pies.

—Dios mío —exclamó Madge, cuando él cerró la puerta y se quitó la chaqueta y el sombrero—. ¿Ya has vuelto?

Haskel dejó caer el maletín y empezó a desanudarse los zapatos, con el cuerpo vencido. Estaba pálido y ojeroso.

—¡Di algo!

—¿Está preparada la cena?

—No, la cena aún no está preparada. ¿Qué ha pasado esta vez? ¿Te has vuelto a pelear con Larson?

Haskel entró en la cocina dando tumbos y llenó un vaso con agua caliente y soda.

—Vayámonos.

—¿A qué te refieres?

—Lejos de Woodland. A San Francisco, o donde sea. —Haskel be­bió su soda, apoyando su decrépito cuerpo en el fregadero—. Me siento fatal. Quizá debería ir a ver al doctor Barnes. Ojalá hoy fuera viernes y mañana sábado.

—¿Qué te apetece para cenar?

—Nada. No lo sé. —Haskel sacudió la cabeza—. Cualquier cosa. —Se desplomó frente a la mesa de la cocina—. Sólo me apetece des­cansar. Abre una lata de estofado. Lomo y judías. Cualquier cosa.

—Sugiero que vayamos a Don’s Steakhouse. Los lunes tienen bue­nos solomillos.

—No. Ya he visto suficientes caras humanas por hoy.

—Supongo que estás demasiado cansado para llevarme al local de Helen Grant.

—El coche está en el garaje. Estropeado otra vez.

—Si lo cuidaras mejor…

—¿Qué demonios quieres que haga? ¿Envolverlo en una bolsa de ce­lofán?

—¡No me grites, Verne Haskel! —Madge enrojeció de furia—. Tal vez te apetezca prepararte tú mismo la cena.

Haskel se puso en pie con dificultades. Arrastró los pies hacia la puerta del sótano.

—Hasta luego.

—¿Adónde vas?

—Al sótano.

—¡Oh, Dios mío! —gritó Madge—. ¡Esos trenes! ¡Esos juguetes! ¿Cómo es posible que un hombre mayor, un hombre adulto…?

Haskel no dijo nada. Ya estaba bajando la escalera, tanteando en busca de la luz.

El sótano estaba frío y húmedo. Haskel tomó la gorra de maqui­nista del gancho y se la encasquetó en la cabeza. Una débil oleada de entusiasmo y renovadas energías recorrieron su cuerpo cansado. Se acercó a la gran mesa de madera terciada con pasos ansiosos.

Por todas partes corrían trenes. Por el suelo, bajo el depósito de carbón, entre las tuberías de vapor de la caldera. Las vías conver­gían en la mesa, ascendían en rampas cuidadosamente niveladas. La mesa se hallaba abarrotada de transformadores, señales, interrupto­res y montones de cables y accesorios. Y…

Y la ciudad.

La maqueta de Woodland, minuciosa hasta el último detalle. Cada árbol y casa, cada tienda, edificio, calle y boca de incendio. Una ciudad en miniatura, perfecta. Construida con celoso cuidado a lo largo de muchos años. Ni siquiera recordaba cuántos. Desde que era niño, construía, encolaba y trabajaba al salir del colegio.

Haskel conectó el transformador principal. Las señales lumino­sas se encendieron a lo largo de la vía. Dotó de energía a la pesada locomotora Lionel, estacionada con sus vagones de mercancías. La lo­comotora cobró vida suavemente y se deslizó por la vía, un relampagueante proyectil oscuro que le ponía un nudo en la garganta. Accionó un interruptor eléctrico y la locomotora descendió por la rampa, atravesó un túnel y salió de la mesa. Corrió bajo el banco de trabajo.

Sus trenes. Y su ciudad. Haskel se inclinó sobre las casas y ca­lles en miniatura; su corazón se llenó de orgullo. Él la había cons­truido…, con sus propias manos. Cada centímetro. Cada perfecto centímetro. Toda la ciudad. Tocó la esquina de la tienda de Fred. No faltaba ni un detalle. Los escaparates, las muestras de género, los letreros, los mostradores.

El hotel Uptown. Pasó la mano sobre el tejado. Los sofás y bu­tacas del vestíbulo. Los veía a través de las ventanas.

La farmacia de Green. Almohadillas para juanetes. Revistas. Ac­cesorios Automovilísticos Frazier. Restaurante México City. Sastre­ría Sharpstein. Licorería Bob. Billares As.

Toda la ciudad. La recorrió con la mano. Él la había construido; la ciudad era suya.

El tren salió a toda velocidad por debajo del banco de trabajo. Sus ruedas pasaron sobre un conmutador automático y un puente levadizo descendió obedientemente. El tren pasó por encima y se alejó, arrastrando los vagones.

Haskel aumentó la potencia. El tren aceleró. Sonó el silbato. Do­bló una curva pronunciada y voló sobre un cruce de vías. Más ve­locidad. Las manos de Haskel saltaron hacia el transformador. El tren avanzó como una flecha. Tomó una curva, oscilando y sacu­diéndose. El transformador se hallaba al máximo de potencia. El tren corría sobre las vías como una mancha difusa, atravesando puentes e interruptores, tras las grandes tuberías de la caldera.

Desapareció en el interior del depósito de carbón. Un momento después surgió por el otro lado, oscilando de un lado a otro.

Haskel disminuyó la velocidad del tren. Su pecho se movía al compás de la respiración. Se sentó en el taburete cercano al banco de trabajo y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos.

El tren y la maqueta le producían una extraña sensación. Le cos­taba explicarla. Siempre había amado los trenes, las locomotoras, señales y edificios a escala. Desde que era niño, tal vez desde los seis o siete años. Su padre le había regalado el primer tren: una lo­comotora y algunas vías. Un viejo tren de juguete. A los nueve años le regalaron su primer tren eléctrico. Y dos cambios de vías.

Lo fue ampliando, año tras año. Vías, locomotoras, agujas, va­gones, señales. Transformadores más poderosos. Y el principio de la ciudad.

Había construido la ciudad con mucha minuciosidad, pieza a pieza. Primero, cuando asistía a la escuela secundaria inferior, la Estación del Pacífico Sur. Después, la parada de taxis contigua. El bar donde comían los camioneros. La calle Broad.

Y continuó. Más y más. Casas, edificios, tiendas. Una ciudad completa, que crecía bajo sus manos a medida que los años pasaban. Todas las tardes, cuando volvía a casa, trabajaba. Pegaba, cor­taba, pintaba y aserraba.

Ahora estaba prácticamente terminada. Casi. Tenía cuarenta y tres años y la ciudad estaba casi terminada.

Haskel se movió alrededor de la gran mesa de madera terciada. Extendió las manos con reverencia. Tocó algunos comercios, la florería, el cine, la compañía telefónica, Suministros Hidráulicos Larson.

Y eso, también. Su centro de trabajo. Una perfecta miniatura de la fábrica, hasta el menor detalle.

Haskel frunció el ceño. Jim Larson. Había trabajado durante veinte años como un esclavo, día tras día. ¿Para qué? Para ver cómo los demás le pasaban por encima. Hombres más jóvenes. Favoritos del jefe. Serviles gusanos con corbatas brillantes, pantalones bien planchados, y amplias y estúpidas sonrisas.

Haskel había acumulado odio y despecho. Woodland le había robado lo mejor de su vida. Nunca había sido feliz. La señora Murphy en la escuela superior. Los compañeros de la fraternidad en la universidad. Los empleados de los pretenciosos almacenes. Sus vecinos. Policías, carteros, conductores de autobús y mensajeros. Incluso su esposa. Incluso Madge.

Nunca se había mezclado con la ciudad, el rico y caro pequeño suburbio de San Francisco, en la parte baja de la península, al otro lado del cinturón de niebla. En Woodland dominaba la maldita clase media alta. Demasiadas mansiones, jardines, coches cromados y tumbonas. Demasiado pomposo y elegante. Hasta donde alcanzaban sus recuerdos. En el colegio. Su trabajo…

Larson. Suministros Hidráulicos. Veinte años de duro trabajo.

Los dedos de Haskel se cerraron sobre el diminuto edificio, la maqueta de Suministros Hidráulicos Larson. La arrancó con furia y la tiró al suelo. La pisoteó; los fragmentos de vidrio, metal y cartón se convirtieron en una masa informe.

Dios, temblaba de pies a cabeza. Miró los restos. Su corazón la­tía con violencia. Extrañas, locas emociones se retorcían en su in­terior. Pensamientos que nunca había abrigado. Contempló durante un largo momento el confuso montón, lo que había sido la maqueta de Suministros Hidráulicos Larson.

Se apartó con brusquedad. Como en trance, Haskel volvió a su banco de trabajo y se sentó en el taburete. Reunió sus herramientas y materiales, conectó el taladro eléctrico.

Sólo tardó unos momentos. Haskel construyó una nueva maque­ta, trabajando con sus dedos veloces y hábiles. Pintó, enganchó, ensambló piezas. Dibujó las letras de un letrero microscópico y espar­ció un césped verde.

Después, transportó la maqueta a la mesa y la pegó en el sitio correcto, donde había estado Suministros Hidráulicos Larson. El nuevo edificio brilló bajo la luz del techo, todavía húmedo y re­luciente.

Funeraria de Woodland

Haskel se frotó las manos en un éxtasis de satisfacción. Sumi­nistros Hidráulicos había desaparecido. Él lo había destruido, bo­rrado del mapa, arrancado de la ciudad. Ante él estaba Woodland…, sin Suministros Hidráulicos. En su lugar, una funeraria.

Sus ojos brillaron. Frunció los labios. Sus tormentosas emocio­nes se desataron. Se había desembarazado de aquello con determi­nación. En un segundo. Todo era muy sencillo… Sorprendentemen­te sencillo.

Era extraño que no lo hubiera pensado antes.

Madge Haskel se llevó a los labios un vaso alto de cerveza muy fría y dijo:

—A Verne le pasa algo. Lo noté sobre todo anoche, cuando llegó a casa después de trabajar.

El doctor Paul Tyler gruñó, distraído.

—Un tipo muy neurótico. Complejo de inferioridad. Introversión y reserva.

—Pero va de mal en peor. Él y sus trenes. Esos malditos trenes a escala. ¡Santo Dios, Paul! ¿Sabes que tiene toda una ciudad en el sótano?

—¿De veras? —La curiosidad de Tyler se despertó—. No lo sabía.

—La tiene desde que le conozco. La empezó cuando era niño. ¡Imagínate a un hombre adulto jugando con trenes! Es… Es desa­gradable. Cada noche igual.

—Interesante. —Tyler se acarició el mentón—. ¿Juega con ellos continuamente? ¿Se trata de una pauta invariable?

—Cada noche. Ayer, ni siquiera cenó. Llegó a casa y bajó al só­tano directamente.

Paul Tyler frunció el ceño. Madge estaba sentada ante él, be­biendo con languidez su cerveza. Eran las dos de la tarde. El día era caluroso y claro. La sala de estar poseía un atractivo plácido y relajado. De repente, Tyler se levantó.

—Vamos a echar un vistazo a las maquetas. No sabía que había llegado a tales extremos.

—¿De veras quieres verlo? —Madge se subió la manga de la cha­queta del pijama y consultó su reloj—. No llegará a casa hasta las cinco. —Se puso en pie de un salto y posó el vaso sobre la mesa—. Muy bien. Tenemos tiempo.

—Estupendo. Bajemos.

Tyler tomó a Madge por el brazo y ambos corrieron hacia el só­tano, embargados por una extraña emoción. Madge encendió la luz del sótano y lo dos se acercaron a la gran mesa de madera terciada, ner­viosos y risueños, como niños traviesos.

—¿Lo ves? —dijo Madge, apretando el brazo de Tyler—. Fíjate. Años de trabajo. Toda su vida.

Tyler movió la cabeza lentamente.

—No me extraña. —Su voz denotaba asombro—. Nunca había visto nada parecido. Los detalles… Es increíble.

—Sí, Verne es un experto en bricolaje. —Señaló el banco de tra­bajo—. No cesa de construir herramientas.

Tyler paseó con parsimonia alrededor de la mesa. Se inclinó y examinó la maqueta.

—Increíble. Todos los edificios. La ciudad completa. ¡Mira! Mi casa.

Señaló su lujoso edificio de apartamentos, situado a escasas manzanas de la residencia de Haskel.

—Me parece que no falta nada —comentó Madge—. ¿Te imaginas a un hombre adulto jugando con trenes a escala?

—Potencia. —Tyler empujó una locomotora por la vía—. Por eso atrae a los chicos. Los trenes son objetos grandes. Enormes y rui­dosos. Símbolos de la potencia sexual. El niño ve el tren corriendo por la vía. Es tan inmenso e inhumano que le asusta. Después, le regalan un tren de juguete. Lo controla. Lo obliga a moverse y a parar, a correr y a frenar. Él lo gobierna. El tren responde a sus in­dicaciones.

Madge se estremeció.

—Subamos. Aquí hace frío.

—Y cuando el niño crece, se hace más grande y fuerte. Entonces, puede abandonar el modelo simbólico y dominar el objeto real, el tren real, conseguir un control auténtico sobre las cosas. Una supre­macía efectiva. —Tyler sacudió la cabeza—. No este sustituto. Es poco común que un adulto llegue a estos extremos. —Frunció el ceño—. No me había dado cuenta que hay una funeraria en la ca­lle State.

—¿Una funeraria?

—Y esto: la tienda de animales Steuben, junto a la tienda de reparaciones de radios. Ahí no hay ninguna tienda de animales. —Tyler se devanó los sesos—. ¿Qué hay allí, junto a la tienda de re­paraciones?

—Pieles de París. —Madge se abrazó el cuerpo—. Brrrrr. Vamos, Paul, subamos antes que me quede tiesa.

Tyler lanzó una carcajada.

—De acuerdo, conejita. —Se dirigió hacia la escalera, con el ceño fruncido—. Me pregunto por qué. Animales Domésticos Steuben. Primera noticia. Todo está tan detallado… Debe conocer la ciu­dad al dedillo. Poner una tienda que no existe… —Apagó la luz del sótano—. Y la funeraria. ¿Qué hay en ese lugar? ¿No es la…?

—Olvídalo —le interrumpió Madge, corriendo hacia la caldea­da sala de estar—. Eres tan malo como él. Los hombres son como niños.

Tyler, enfrascado en sus pensamientos, no respondió. Su tranqui­la confianza en sí mismo se había esfumado; parecía nervioso y agitado.

Madge bajó las persianas. La sala de estar se sumió en una pe­numbra ambarina. Se dejó caer en el sofá y atrajo a Tyler a su lado.

—Deja de pensar en eso —ordenó—. Nunca te había visto así. —Le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos y acercó los labios a su ore­ja—. Si llego a saber que ibas a preocuparte tanto por él, no te habría permitido entrar.

Tyler gruñó, inquieto.

—¿Por qué me permitiste entrar?

Madge aumentó la presión de sus brazos. Su pijama de seda cru­jió cuando se aplastó contra él.

—Tonto —susurró.

Jim Larson, enorme y pelirrojo, se quedó boquiabierto.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué te ocurre?

—Me largo. —Haskel amontonó los objetos de su escritorio en el maletín—. Envíame el cheque a casa.

—Pero…

—Apártate.

Haskel empujó a un lado a Larson y salió al pasillo. Larson es­taba petrificado de estupefacción. El rostro de Haskel albergaba una expresión fija; una mirada vidriosa, una mirada decidida que Larson jamás había observado antes.

—¿Te encuentras…, te encuentras bien? —preguntó Larson.

—Claro. —Haskel abrió la puerta principal de la fábrica y desapa­reció dando un portazo—. Por supuesto que me encuentro bien —murmuró para sí. Se abrió paso entre la multitud de compradores que abarrotaba las calles y frunció los labios—. Puedes estar seguro que me encuentro bien.

—Cuidado, colega —murmuró un trabajador en tono de adverten­cia cuando Haskel le empujó.

—Lo siento.

Haskel apresuró el paso aferrando su maletín. Se detuvo un mo­mento en lo alto de la colina para recuperar el aliento. Había dejado a sus espaldas Suministros Hidráulicos Larson. Haskel rió de forma estentórea. Veinte años…, borrados en un segundo. Se había termi­nado. Al infierno Larson. Al infierno la monótona y pesada rutina de cada día. Sin ascensos ni futuro. Rutina y aburrimiento, mes tras mes. Asunto liquidado. Una vida nueva, volver a empezar.

Siguió caminando. El sol se estaba poniendo. No cesaban de pasar coches; ejecutivos que regresaban a sus casas. Mañana volverían al trabajo…, pero él no. Nunca más.

Llegó a su calle. La casa de Ed Tildon, una enorme y majestuosa estructura de hormigón y vidrio, se alzaba ante él. El perro de Til­don se acercó corriendo y le ladró. Haskel pasó de largo. El perro de Tildon. Lanzó una salvaje carcajada.

—¡Será mejor que te largues! —gritó al perro.

Subió los escalones de su casa de dos en dos. Abrió la puerta de un empujón. La sala de estar se hallaba en silencio y a oscuras. Se produjo un repentino movimiento. Formas que se apartaban y ponían en pie a toda prisa.

—¡Verne! —exclamó Madge—. ¿Qué haces en casa tan pronto?

Verne Haskel dejó caer el maletín y tiró el sombrero y el abrigo sobre una silla. Su rostro arrugado estaba deformado por violentas tensiones internas.

—¿Qué demonios…? —Madge corrió hacia él, presa de los ner­vios, alisándose el pijama—. ¿Ha pasado algo? No te esperaba tan… —Enmudeció, ruborizada—. Quiero decir que…

Paul Tyler avanzó con aire despreocupado hacia Haskel.

—Hola, Verne —murmuró, violento—. Pasaba por aquí y entré para saludarles y devolver un libro a tu mujer.

—Buenas tardes —replicó Haskel cortésmente. Dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta del sótano, sin hacer caso de ambos—. Estaré abajo.

—¡Pero Verne! —protestó Madge—. ¿Qué ha pasado?

Verne se detuvo un momento en la puerta.

—He dejado mi trabajo.

—¿Qué?

—He dejado mi trabajo. He terminado con Larson. Se acabó.

La puerta del sótano se cerró con estrépito.

—¡Santo Dios! —chilló Madge, aferrando a Tyler con todas sus fuerzas—. ¡Ha perdido el juicio!

Verne Haskel encendió la luz del sótano de un manotazo, impaciente. Se encasquetó la gorra de maquinista y acercó el taburete a la gran mesa de madera terciada.

Y ahora, ¿qué?

Muebles Morris. Una tienda enorme y elegante, en la que todos los empleados le miraban por encima del hombro.

Se frotó las manos, regocijado. Al infierno con ellos. Al infierno los estirados empleados, que enarcaban las cejas cuando le veían entrar. Todo cabello, corbatas de lazo y pañuelos doblados.

Quitó la maqueta de Muebles Morris y la desmontó. Trabajaba con prisa frenética, febril. Ahora que por fin había puesto manos a la obra, no quería perder tiempo. Un momento después estaba pegando dos pequeños edificios en lugar del anterior: Limpiabotas Ritz, La Bolera de Pete.

Haskel lanzó una risita, excitado. Una muerte merecida para la lujosa y exclusiva tienda de muebles. Un puesto de limpiabotas y una bolera. Justo lo que merecía.

El Banco Estatal de California. Siempre había odiado el banco. En cierta ocasión le habían negado un préstamo. Lo arrancó.

La mansión de Ed Tildon. Su maldito perro. El perro le había mordido en el tobillo una tarde. Desmontó la maqueta. La cabeza le daba vueltas. Podía hacer lo que le viniera en gana.

Electrodomésticos Harrison. Le habían vendido una radio averiada. Al infierno Electrodomésticos Harrison.

Artículos de Fumador Joe. El dueño le había dado una moneda de 25 centavos falsa en mayo de 1949. Al infierno con él.

La fábrica de tinta. Detestaba el olor a tinta. Lo mejor sería sustituirla por un horno de pan. Le encantaba hornear pan. Al infierno la fábrica de tinta.

La calle Elm estaba demasiado oscura por las noches. Había tropezado un par de veces. Necesitaba más farolas.

No había bastantes bares en la calle High. Demasiadas boutiques, sombrererías caras, peleterías y tiendas para mujeres. Las desprendió de un solo manotazo y las depositó sobre el banco de trabajo.

La puerta del sótano se abrió poco a poco. Madge se asomó, pá­lida y asustada.

—¿Verne?

Haskel la miró con el ceño fruncido, impaciente.

—¿Qué quieres?

Madge bajó, vacilante, seguida por el doctor Tyler, apuesto y elegante en su traje gris.

—Verne… ¿Todo va bien?

—Por supuesto.

—¿De veras…, de veras has dejado tu trabajo?

Haskel asintió con la cabeza. Empezó a desmontar la fábrica de tinta, sin hacer caso de su mujer ni del doctor Tyler.

—Pero, ¿por qué?

—No tengo tiempo —gruñó Haskel, impaciente.

El doctor Tyler empezó a mostrarse preocupado.

—¿Debo entender que estás demasiado ocupado para ir a trabajar?

—Exacto.

—¿Demasiado ocupado en qué? —El doctor Tyler alzó la voz. Temblaba de nerviosismo—. ¿Trabajando en tu ciudad de aquí abajo, cambiando cosas?

—Lárgate —murmuró Haskel.

Sus diestras manos estaban montando un pequeño y encantador horno de pan Langendorf. Le dio forma con cariño, lo pulverizó con pintura blanca y dispuso en la parte delantera un sendero de grava y algunos arbustos. Lo dejó a un lado y se dedicó a construir un parque. Un gran parque verde. Woodland siempre había necesitado un parque. Sustituiría el hotel de la calle State.

Tyler apartó a Madge de la mesa y le indicó que se quedara en un rincón del sótano.

—Santo Dios.

Encendió un cigarrillo con dedos temblorosos. El cigarrillo res­baló de sus manos y rodó por el suelo. Sin hacer caso, encendió otro.

—¿Lo ves? ¿Ves lo que está haciendo?

Madge sacudió la cabeza, casi incapaz de hablar.

—¿Qué es? Yo no…

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esto? ¿Toda su vida?

—Sí, toda su vida —corroboró Madge, pálida.

—Dios mío, Madge. —Tyler tenía el rostro descompuesto—. Es su­ficiente para volverte loca. Apenas puedo creerlo. Debemos hacer algo.

—¿Qué está pasando? —gimió Madge—. ¿Qué…?

—Se está hundiendo cada vez más en su propia obsesión.

Una máscara de incrédulo asombro cubría el rostro de Tyler.

—Siempre ha bajado aquí —vaciló Madge—. No es nada nuevo. Siempre ha querido huir.

—Sí, huir.

Tyler se estremeció, cerró los puños y se serenó. Cruzó el sótano y se aproximó a Verne Haskel.

—¿Qué quieres? —murmuró Haskel al advertir su presencia.

Tyler se humedeció los labios.

—Estás añadiendo algunas cosas, ¿verdad? Nuevos edificios.

Haskel asintió con la cabeza.

Tyler tocó el pequeño horno de pan con dedos temblorosos.

—¿Qué es esto? ¿Un horno de pan? ¿Dónde está situado? —Cami­nó alrededor de la mesa—. No recuerdo que Woodland tenga un horno de pan. —Giró sobre sus talones—. ¿No estarás, por casuali­dad, mejorando la ciudad, haciendo algunos cambios?

—Largo de aquí —dijo Haskel, con amenazadora calma—. Los dos.

—¡Verne! —graznó Madge.

—Tengo muchas cosas que hacer. Bájame unos bocadillos hacia las once. Espero terminar esta noche.

—¿Terminar? —preguntó Tyler.

—Terminar —contestó Haskel, volviendo a su trabajo.

—Vamos, Madge. —Tyler la tomó por el brazo y la arrastró hacia la escalera—. Salgamos de aquí. —Pasó delante de ella, subió la es­calera y salió al vestíbulo—. ¡Vamos!

En cuanto Madge llegó arriba, cerró la puerta a sus espaldas.

Madge se frotó los ojos histéricamente.

—¡Se ha vuelto loco, Paul! ¿Qué vamos a hacer?

Tyler estaba abismado en sus pensamientos.

—Tranquilízate. Debo pensarlo bien. —Paseó de un lado a otro, con el ceño fruncido—. Ocurrirá pronto. A esta velocidad, no tardará mucho. En cualquier momento de esta noche.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Su retirada a ese mundo substituto. El modelo mejorado que se halla bajo su control, al que puede escapar.

—¿No podemos hacer nada?

—¿Hacer? —Tyler sonrió levemente—. ¿Queremos hacer algo?

Madge tragó saliva.

—Pero no podemos…

—Tal vez esto solucione nuestro problema. Tal vez sea lo que buscábamos. —Tyler miró a la señora Haskel con aire pensativo—. Tal vez sea lo ideal.

Eran casi las dos de la madrugada cuando Haskel hizo los toques finales. Estaba cansado…, pero bien despierto. Los acontecimientos se precipitaban. El trabajo estaba casi terminado.

Prácticamente perfecto.

Dejó de trabajar un momento para inspeccionar sus logros. La ciudad había experimentado un cambio radical. A las diez había ini­ciado alteraciones en la estructura básica del trazado de las calles. Había eliminado la mayoría de los edificios públicos, la zona para peatones y el distrito comercial en plena expansión que lo rodeaba.

Había erigido un ayuntamiento y una comisaría de policía nuevos, así como un inmenso parque con fuentes y luces indirectas. Había despejado los barrios bajos, las antiguas tiendas en decadencia, las casas y las calles. Las calles eran más amplias y estaban mejor iluminadas. Las casas eran pequeñas y limpias. Las tiendas, modernas y atractivas…, sin llegar a ser ostentosas.

Había quitado todos los letreros publicitarios y la mayoría de las gasolineras. Había sustituido la inmensa zona destinada a las fábri­cas por una ondulada campiña: árboles, colinas y hierba verde.

El barrio de los ricos también había sido alterado. Sólo queda­ban algunas mansiones, las pertenecientes a personas que le caían bien. Las restantes habían sido reducidas a viviendas idénticas de dos habitaciones, una planta y un único garaje.

El ayuntamiento de la ciudad ya no era un edificio rococó y re­cargado, sino una estructura baja y sencilla, a imitación del Partenón, uno de sus favoritos.

Había unas diez o doce personas que le habían perjudicado de forma especial. Había alterado sus casas considerablemente. Les había concedido unos apartamentos del tiempo de la guerra, seis por edificio, en el extremo más alejado de la ciudad, donde el vien­to soplaba desde la bahía y transportaba el hedor de las marismas.

La casa de Jim Larson había desaparecido por completo. Había borrado del mapa a Larson. En esta nueva Woodland, casi termina­da, ya no existía.

Casi terminada. Haskel examinó su obra con suma atención. To­dos los cambios debían efectuarse ahora. Era el momento de la creación. Luego, cuando hubiera acabado, ya no podría alterarse. Tenía que realizar ahora todos los cambios necesarios…, o bien ol­vidarlos.

La nueva Woodland tenía un aspecto excelente. Limpia, pulcra…, y sencilla. El distrito rico había sido rebajado de tono. El distrito pobre, por el contrario, había experimentado mejoras. Todos los letreros, enseñas y anuncios luminosos habían sido cambiados o eliminados. El centro comercial era más pequeño. Parques y cam­pos sustituían a las fábricas. La zona para peatones era encanta­dora.

Añadió un par de parques infantiles para los niños pequeños. Un cine de escasa capacidad en lugar del enorme Uptown, con su le­trero de neón. Después de algunas reflexiones, eliminó la mayoría de bares que había construido. La nueva Woodland iba a ser de una moralidad a toda prueba. Pocos bares, y nada de billares o barrios de prostitutas. Y una cárcel a la medida de los indeseables.

Lo más costoso había sido dibujar las letras microscópicas de la puerta principal del ayuntamiento. Lo dejó para el final. Pintó las letras con agonizante minuciosidad:

Alcalde

Vernon R. Haskel

Hizo algunos cambios de última hora. Adjudicó a los Edwards un Plymouth de 1939, en lugar del nuevo Cadillac. Añadió más árboles al centro. Un nuevo parque de bomberos. Una boutique menos. Nun­ca le habían gustado los taxis. Llevado por un impulso, quitó la pa­rada de taxis y puso una florería.

Haskel se frotó las manos. ¿Algo más? Tal vez estaba comple­ta… Perfecta… Examinó cada pieza con la mayor atención. ¿Habría pasado algo por alto?

La escuela superior. La quitó y puso dos más pequeñas, una en cada extremo de la ciudad. Otro hospital. Tardó casi media hora. Empezaba a sentirse cansado. Sus manos actuaban con menor velocidad. Se frotó la frente tembloroso. ¿Algo más? Se sentó en el taburete para descansar y pensar.

Todo terminado. Completo. Le embargó una inmensa alegría. Un grito de felicidad bailaba en la punta de su lengua. Su obra estaba acabada.

—¡He terminado! —chilló Verne Haskel.

Se puso en pie, tambaleante. Cerró los ojos, extendió los brazos y avanzó hacia la mesa de madera terciada. Haskel se dirigió hacia ella con dedos ansiosos. Su rostro arrugado y avejentado transpa­rentaba una radiante exaltación.

Tyler y Madge oyeron el grito, un lejano estruendo que recorrió la casa de un extremo a otro. Madge se encogió visiblemente aterrorizada.

—¿Qué ha sido eso?

Tyler escuchó con atención. Oyó que Haskel se movía en el só­tano. Apagó el cigarrillo bruscamente.

—Creo que ya ha sucedido. Antes de lo que yo esperaba…

—¿Te refieres a que…?

Tyler se puso en pie de un salto.

—Se ha ido, Madge. A su otro mundo. Por fin somos libres.

Madge le tomó por el brazo.

—Quizá nos equivoquemos. Esto es terrible. ¿No deberíamos… hacer algo? Sacarle de ahí… Intentar devolverle a la realidad.

—¿Devolverle a la realidad? —Tyler lanzó una carcajada nervio­sa—. Creo que ya es imposible, aunque quisiéramos. Es demasiado tarde. —Corrió hacia la puerta del sótano.

—Es horrible. —Madge se estremeció y le siguió a regañadientes—. Ojalá no nos hubiéramos involucrado.

Tyler se detuvo un momento en la puerta.

—¿Horrible? Ahora es más feliz, donde se encuentre. Y tú tam­bién. Nadie lo era antes. Es lo mejor que podía pasar.

Abrió la puerta del sótano. Madge le siguió. Bajaron la escalera con cautela y penetraron en el oscuro y silencioso sótano de paredes húmedas.

El sótano estaba desierto.

Tyler se relajó. Una mezcla de alivio y estupor se apoderó de él.

—Se ha ido. Todo va bien. Ha salido a pedir de boca.

—No lo entiendo —repitió Madge, desesperada, mientras el Buick de Tyler recorría las oscuras calles vacías—. ¿Adónde ha ido?

—Ya sabes adónde —respondió Tyler—. A su mundo substituto, por supuesto. —Tomó una curva sobre dos ruedas—. El resto será muy sencillo. Unos trámites de rutina. Ya no queda mucho por hacer.

La noche era lóbrega y fría, apenas iluminada por alguna farola ocasional. Un tren emitió a lo lejos un fúnebre silbido. Filas de casas silenciosas pasaban a ambos lados del coche.

—¿Adónde vamos? —preguntó Madge.

Estaba recostada contra la puerta, pálida de terror. Temblaba como una hoja.

—A la comisaría de policía.

—¿Para qué?

—Para informar que ha desaparecido, por supuesto. Tendre­mos que esperar varios años antes que le declaren legalmente muerto. —Tyler alargó el brazo y la acarició un momento—. Mientras tanto, nos las arreglaremos, estoy seguro.

—¿Y si… le encuentran?

Tyler sacudió la cabeza, irritado. Los nervios aún no le habían abandonado.

—¿Es que no lo entiendes? Nunca le encontrarán: no existe. En nuestro mundo no, al menos. Se encuentra en el suyo. Tú lo viste. En la maqueta, el substituto mejorado.

—¿Está allí?

—Se ha pasado toda la vida trabajando en la maqueta, constru­yéndola, transformándola en algo real. Él logró que ese mundo co­brara existencia…, y ahora está en él. Es lo que deseaba. Por eso lo construyó. No se limitó a soñar con un mundo de fantasía. Lo cons­truyó…, pieza a pieza, fragmento a fragmento. Ahora, se ha despla­zado de nuestro mundo al suyo. Ha salido de nuestras vidas.

Madge empezó a comprender.

—Por lo tanto, fue absorbido literalmente por ese mundo alterna­tivo. A eso te referías cuando dijiste que quería… huir.

—Tardé un poco en darme cuenta. La mente construye la reali­dad. La moldea. La crea. Todos compartimos una realidad, un sueño, pero Haskel volvió la espalda a nuestra realidad común y creó una propia. Y poseía una capacidad única, extraordinaria. Dedicó toda su vida y toda su habilidad a construirla. Ahora se encuentra en ella.

Tyler vaciló y frunció el ceño. Aferró el volante con determina­ción y aceleró. El Buick corrió como una flecha por la oscura calle, atravesando la negrura silenciosa e inmóvil que era la ciudad.

—Hay algo que todavía no entiendo —prosiguió.

—¿Qué es?

—La maqueta. También ha desaparecido. Supuse que él se ha­bía… encogido, por así decirlo. Se había fundido con ella. Pero la maqueta también ha desaparecido. —Tyler se encogió de hombros—. Da igual. —Escudriñó la oscuridad—. Casi hemos llegado. Ésa es la calle Elm.

Fue entonces cuando Madge chilló.

—¡Mira!

A la derecha del vehículo se veía un pequeño y pulcro edificio. Y un letrero. El letrero podía leerse con toda facilidad en la pe­numbra.

Funeraria de Woodland

Madge sollozó horrorizada. El coche saltó hacia adelante, guia­do automáticamente por las manos entumecidas de Tyler. Mientras pasaban frente al ayuntamiento, otro letrero destelló durante unos segundos.

Tienda de Mascotas Steuben

El ayuntamiento estaba bañado por luces ocultas en algunos huecos. Se trataba de un edificio bajo y sencillo, un cuadrado blan­co y resplandeciente. Como un templo de mármol griego.

Tyler frenó el coche, gritó y encendió de nuevo el motor. Pero no con bastante rapidez.

Los dos relucientes coches negros de la policía flanquearon en silencio el Buick, uno a cada lado. Los cuatro severos policías ya tenían las manos en la puerta. Descendieron y avanzaron hacia él, sombríos y eficientes.