Cuento El Mundo de Jon

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29-12-2010 | Por : uslico | Categoria: Cuentos
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Kastner caminó alrededor de la nave sin hablar. Subió la rampa y entró con cautela en el interior. Durante un rato se pudo ver su silueta moviéndose de un lado a otro. Volvió a salir, con el ancho ros­tro algo animado.

—¿Y bien? —dijo Caleb Ryan—. ¿Qué opinas?

Kastner bajó la rampa.

—¿Está preparada para despegar? ¿No queda nada por hacer?

—Casi preparada. Los trabajadores están dando los últimos to­ques a las secciones que quedan. Conexiones de relés y líneas de alimentación. No existe ningún problema grave. Ninguno que podamos pronosticar, al menos.

Los dos hombres contemplaron la achatada caja metálica, las portillas, ventanas enrejadas y puntos de observación. La nave no era bonita. Carecía de adornos o puntales de cromo y rexeroide que suavizaran la forma del casco hasta darle la forma de una lágrima. La nave era cuadrada y protuberante, con torretas y salientes que surgían por todas partes.

—¿Qué pensarán cuando salgamos de eso? —murmuró Kastner.

—No hemos tenido tiempo de embellecerla. Claro que si quieres esperar un par de meses más…

—¿No puedes quitar algunas protuberancias? ¿Para qué sirven? ¿Cuál es su función?

—Válvulas. Examina los planos. Eliminan la carga por unidad de potencia cuando aumenta demasiado. Viajar por el tiempo va a ser peligroso. A medida que la nave retrocede se concentra una enorme carga. Hay que dejarla escapar poco a poco…, o se convertirá en una inmensa bomba cargada con millones de voltios.

—Aceptaré tu palabra.

Kastner tomó su maletín. Se dirigió a una salida. Los guardias de la Liga le cedieron el paso.

—Diré a los directores que está casi a punto. Por cierto, voy a re­velarte algo.

—¿Qué?

—Ya hemos decidido quién va a ir contigo.

—¿Quién?

—Yo. Siempre quise saber cómo eran las cosas antes de la guerra. He visto documentales históricos, pero no es lo mismo. Quiero es­tar allí. Pasear. Ya sabes, dicen que antes de la guerra no había ce­nizas. La superficie era fértil. Podías recorrer kilómetros sin ver rui­nas. Eso es lo que quiero ver.

—No sabía que estuvieras interesado en el pasado.

—Oh, sí. Mi familia conservó algunos libros ilustrados de aquella época. No me extraña que la AISU quiera apoderarse de los documentos de Schonerman. Si la reconstrucción se pusiera en marcha…

—Es lo que todos deseamos.

—Y tal vez lo consigamos. Hasta luego.

Ryan vio alejarse al rechoncho hombre de negocios, que sujetaba amorosamente su maletín. La fila de guardias de la Liga se apartó para permitirle el paso y se formó de nuevo en cuanto hubo salido.

Ryan volvió a concentrar su atención en la nave. Así que Kast­ner iba a ser su compañero. La AISU (Asociación de Industrias Sin­téticas Unidas) poseía una representación paritaria en el viaje. Un hombre de la Liga, un hombre de la AISU. La AISU patrocinaba el Proyecto Reloj, tanto comercial como financieramente. Sin su ayu­da, el proyecto nunca habría superado la fase teórica. Ryan se sentó en el banco e introdujo las cianocopias en la computadora. Habían tra­bajado durante mucho tiempo. Quedaba poco por hacer. Unos esca­sos y dispersos toques.

La pantalla chasqueó levemente. Ryan paró el ordenador y se volvió para recibir la llamada.

—Ryan.

El monitor de la Liga apareció en la pantalla. La llamada prove­nía de la asociación.

—Llamada de emergencia.

—Pásemela. —Ryan frunció el ceño.

El monitor desapareció. Al cabo de un momento se materializó un rostro, rojizo y arrugado.

—Ryan…

—¿Qué ha ocurrido?

—Será mejor que regrese aquí lo antes posible.

—¿Qué sucede?

—Jon.

Ryan hizo un esfuerzo para recobrar la calma.

—¿Otro ataque? —preguntó con voz apagada.

—Sí.

—¿Como los otros?

—Exactamente como los otros.

Ryan lanzó la mano hacia el interruptor de cierre.

—Muy bien. Ahora mismo vuelvo. No deje que nadie le vea. Tra­te de mantenerle tranquilo. No permita que salga de su habitación. Doble la guardia, si es necesario.

Ryan cortó la comunicación. Un momento después se dirigía ha­cia el tejado, hacia la nave interurbana estacionada en la azotea del edificio.

La nave interurbana voló sobre la interminable ceniza gris, guia­da hacia Ciudad Cuatro mediante rezones automáticos. Ryan miró por la portilla, distraído, sin apenas fijarse en la vista.

Volaba entre ciudades. La superficie estaba devastada: montones de escoria que se extendían hasta perderse de vista. Las ciudades sur­gían como hongos, separadas por kilómetros de masa gris. Hongos dispersos, torres y edificios, hombres y mujeres dedicados a su tra­bajo. Poco a poco, se iba recuperando la superficie. De la base lunar llegaban suministros y equipo.

Los humanos abandonaron la Tierra durante la guerra y se esta­blecieron en la Luna. La Tierra estaba devastada. No era más que un globo de ruinas y ceniza. Cuando terminó, el hombre regresó gra­dualmente.

Se habían declarado dos guerras, en realidad. La primera, de hom­bres contra hombres. La segunda, de hombres contra garras, com­plejos robots creados como arma de guerra. Las garras se habían vuelto contra sus creadores y habían inventado nuevos tipos y apa­ratos.

La nave de Ryan empezó a descender. Se hallaba sobre Ciudad Cuatro. La nave se posó a los pocos segundos sobre el tejado de su imponente residencia privada en el centro de la ciudad. Ryan saltó al suelo y se dirigió al ascensor.

Un momento después entró en sus aposentos y se encaminó a la habitación de Jon.

Encontró al anciano observando a Jon por la parte acristalada de la habitación. Su semblante era grave. La habitación de Jon estaba parcialmente a oscuras. Jon, sentado en el borde de la cama, se apre­tujaba las manos. Tenía los ojos cerrados, la boca un poco abierta y, de vez en cuando, sacaba la lengua, tensa y rígida.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó Ryan al anciano.

—Una hora, más o menos.

—¿Los otros ataques tuvieron el mismo desarrollo?

—Éste es más grave. Cada vez son más graves.

—¿Sólo usted le ha visto?

—Sólo usted y yo. Le llamé cuando estuve seguro. Casi ha termi­nado. Va a salir de un momento a otro.

Al otro lado del cristal, Jon se levantó y se alejó de la cama con los brazos cruzados. El rubio cabello le caía desordenado sobre la cara. Continuaba con los ojos cerrados. Tenía el rostro pálido y rí­gido. Torcía los labios.

—Al principio, estaba completamente inconsciente. Le dejé solo un rato. Me encontraba en otra parte del edificio. Cuando volví le descubrí tendido en el suelo. Había estado leyendo. Tenía las cintas diseminadas a su alrededor. Su rostro estaba azul y la respiración era irregular. Sufría espasmos musculares repetidos, como en otras ocasiones.

—¿Qué hizo usted?

—Entré en la habitación y le metí en la cama. Al principio estaba rígido, pero después empezó a relajarse. Le tomé el pulso. Era muy lento. Respiraba con mayor facilidad. Y entonces empezó.

—¿Qué?

—A hablar.

—Oh. —Ryan asintió con la cabeza.

—Ojalá hubiera estado aquí. Habló más que nunca. Sin cesar. Como una cotorra, sin pausa. Como si no pudiera parar.

—¿Hablaba…, hablaba de lo mismo?

—Igual que siempre. Tenía el rostro iluminado, encendido. Como siempre.

Ryan reflexionó.

—¿Puedo entrar en la habitación?

—Sí. Casi ha terminado.

Ryan se acercó a la puerta. Apoyó lo dedos sobre la cerradura digital y la puerta se hundió en la pared.

Entró en silencio y Jon no advirtió su presencia. Paseaba de un lado a otro: tenía los ojos cerrados y se rodeaba el cuerpo con los brazos. Oscilaba un poco, meciéndose. Ryan llegó al centro de la habitación y se detuvo.

—¡Jon!

El muchacho parpadeó. Abrió los ojos. Agitó la cabeza con mo­vimientos veloces.

—¿Ryan? ¿Qué…, qué quieres?

—Será mejor que te sientes.

Jon obedeció.

—Sí. Gracias.

Se sentó en la cama, inseguro. Tenía los ojos azules abiertos de par en par. Se apartó el pelo de la cara y dedicó una leve sonrisa a Ryan.

—¿Cómo te encuentras?

—Me encuentro bien.

Ryan acercó una silla y se sentó frente a él. Cruzó las piernas y se apoyó en el respaldo. Examinó al muchacho durante largo rato. Ninguno de los dos habló.

—Grant dice que has sufrido un pequeño ataque —empezó Ryan. Jon asintió con la cabeza.

—¿Ha terminado ya?

—Oh, sí. ¿Cómo va la nave temporal?

—Muy bien.

—Prometiste que me dejarías verla cuando estuviera terminada.

—Y la verás. Cuando esté completamente terminada.

—¿Y cuándo será eso?

—Pronto. Dentro de unos días.

—Tengo muchas ganas de verla. He estado pensando en ello, ima­ginando que viajaba en el tiempo. Sería posible volver a Grecia. Sería posible ver a Pericles, a Jenofonte y a…, Epicteto. Sería posi­ble volver a Egipto y charlar con Akenatón. —Sonrió—. Me muero de ganas.

Ryan se removió en su silla.

—Jon, ¿estás seguro que te encuentras en condiciones de salir? Tal vez…

—¿Si me encuentro en condiciones? ¿Qué quieres decir?

—Tus ataques. ¿De verdad crees que puedes salir? ¿Te sientes con fuerzas?

El rostro de Jon se nubló.

—En realidad, no son ataques. Me gustaría que no los llamaras ataques.

—¿No son ataques? Entonces, ¿qué son?

—Yo… —titubeó Jon—. Será mejor que no te lo diga, Ryan. No lo entenderías.

Ryan se puso en pie.

—Muy bien, Jon. Si piensas que no vale la pena hablar conmigo, volveré al laboratorio. —Se dirigió hacia la puerta—. Es una pena que no puedas ver la nave. Te encantaría.

Jon le siguió, quejumbroso.

—¿No podré verla?

—Tal vez si supiera algo más de tus…, tus ataques, podría decidir si estás en condiciones de salir.

El rostro de Jon tembló por un momento. Ryan le observó con atención. Podía ver los pensamientos que cruzaban la mente de Jon escritos en sus facciones. Se debatía en una lucha interna.

—¿Quieres decírmelo?

Jon respiró hondo.

—Son visiones.

—¿Cómo?

—Son visiones. —El rostro de Jon brillaba de animación—. Lo sé desde hace mucho tiempo. Grant dice que no, pero yo sé que sí. Si las vieras, tú también lo sabrías. No se parecen a nada. Son más reales que, bueno, esto. —Golpeó la pared—. Mucho más reales.

Ryan encendió un cigarrillo con parsimonia.

—Sigue.

—¡Más reales que cualquier otra cosa! —estalló Jon—. Es como mirar por una ventana. Una ventana abierta a otro mundo. Un mun­do real. Mucho más real que éste. Lo reduce a un mundo envuelto en sombras. Sombras apenas perceptibles. Formas. Imágenes.

—¿Sombras de una realidad?

—¡Sí! Exacto. El mundo que hay detrás de todo esto. —Jon pasea­ba arriba y abajo, excitado—. Todo esto. Lo que vemos. Edificios. El cielo. Las ciudades. La ceniza interminable. Nada es del todo real, sino oscuro y vago. No lo percibo igual que el otro. Cada vez se me antoja menos real. El otro se está expandiendo, Ryan, se hace más y más vívido. Grant dijo que era cosa de mi imaginación, pero no lo es. Es real. Más real que los objetos de esta habitación.

—En ese caso, ¿por qué no lo vemos los demás?

—No lo sé. Ojalá pudieran. Deberías verlo, Ryan. Es hermoso. Una vez acostumbrado, te gustaría. Cuesta un poco adaptarse.

Ryan reflexionó unos segundos.

—Escucha —dijo por fin—, quiero saber exactamente qué ves. ¿Siempre ves lo mismo?

—Sí, siempre lo mismo, pero con mayor intensidad.

—¿Qué es? ¿Qué es eso tan real que ves?

Jon no contestó. Parecía absorto en sus pensamientos. Ryan con­templó a su hijo mientras esperaba. ¿Qué pasaba por su mente? ¿Qué estaba pensando? Los ojos del muchacho se cerraron de nuevo. Se estrujó las manos hasta que los dedos perdieron el color. Se había marchado de nuevo a su mundo particular.

—Sigue —dijo Ryan en voz alta.

Así que el chico veía visiones. Visiones de una realidad extrema. Como en la Edad Media. Su propio hijo. Qué irónico. Justo cuando parecía que habían desterrado del hombre esa tendencia, su eterna incapacidad de enfrentarse a la realidad. El sueño eterno. ¿La cien­cia no podría realizar jamás su ideal? ¿El hombre preferiría siempre la ilusión a la realidad?

Su propio hijo. Regresión. Mil años perdidos. Fantasmas, dioses, demonios y el secreto mundo interior. El mundo de la realidad ex­trema. Todas las fábulas, ficciones y metafísicas que el hombre había utilizado durante siglos para sublimar su miedo, su terror al mundo. Todos los sueños que había puesto en pie para esconder la verdad, el crudo mundo de la realidad. Mitos, religiones, cuentos de hadas. Un mundo mejor, sin mácula. El paraíso. Todo volvía, todo reaparecía, y en su propio hijo.

—Sigue —repitió Ryan, impaciente—. ¿Qué ves?

—Veo campos —dijo Jon—. Campos amarillos, tan brillantes como el sol. Campos y parques. Parques inmensos. Verde mezclado con amarillo. Senderos para que la gente pasee.

—¿Qué más?

—Hombres y mujeres. Con túnicas. Caminan por los senderos, entre los árboles. El aire es fresco y agradable. El cielo, de un azul radiante. Pájaros. Animales. Los animales deambulan por los par­ques. Mariposas. Océanos. Océanos tranquilos de aguas claras.

—¿No hay ciudades?

—No son como nuestras ciudades. No son iguales. La gente vive en los parques. Pequeñas casas de madera esparcidas entre los árboles.

—¿Carreteras?

—Sólo senderos. Ni naves ni nada. Sólo se camina.

—¿Qué más ves?

—Eso es todo. —Jon abrió los ojos. Se había ruborizado. Sus ojos centelleaban y bailaban—. Eso es todo. Ryan. Parques y campos ama­rillos. Hombres y mujeres con túnicas. Y muchos animales. Los ma­ravillosos animales.

—¿Cómo viven?

—¿Qué?

—¿Cómo vive la gente? ¿Qué les mantiene vivos?

—Cultivan cosas. En los campos.

—¿Eso es todo? ¿No tienen fábricas?

—Creo que no.

—Una sociedad agraria. Primitiva. —Ryan frunció el entrecejo—. Ni negocios ni comercio.

—Trabajan en los campos. Y hablan de cosas.

—¿Les oyes?

—Muy débilmente. A veces, les oigo un poco, si me esfuerzo en escuchar. De todos modos, no descifro ninguna palabra.

—¿De qué hablan?

—De cosas.

—¿Qué clase de cosas?

Jon hizo un gesto vago.

—Grandes cosas. El mundo. El Universo.

Se quedaron en silencio. Ryan gruñó. No dijo nada. Por fin, apartó el cigarrillo.

—Jon…

—¿Sí?

—¿Crees que lo que ves es real?

—Sé que es real —sonrió Jon.

—¿Qué significa real? —preguntó Ryan, clavando la vista en su hijo—. ¿En qué sentido es real ese mundo del que hablas?

—Existe.

—¿Dónde existe?

—No lo sé.

—¿Aquí? ¿Existe aquí?

—No, aquí no.

—¿En otro lugar? ¿Muy lejos? ¿En otra parte del Universo de la que no tenemos conocimiento?

—En otra parte del Universo no. No tiene nada que ver con el es­pacio. Está aquí. —Jon agitó la mano en torno suyo—. Muy cerca. Está muy cerca. Lo veo a mi alrededor.

—¿Lo ves ahora?

—No. Va y viene.

—¿Deja de existir? ¿Sólo existe en ocasiones?

—No, siempre está presente, pero no siempre puedo entrar en con­tacto con él.

—¿Cómo sabes que siempre está presente?

—Lo sé.

—¿Por qué no puedo verlo yo? ¿Por qué eres el único que puede verlo?

—No lo sé. —Jon se frotó la frente, cansado—. No sé por qué soy el único que puede verlo. Ojalá pudieras verlo. Ojalá lo viera todo el mundo.

—¿Cómo puedes demostrar que no es una alucinación? Careces de una prueba válida. Cuentas sólo con tus sentidos internos, con tu estado de conciencia. ¿Cómo podría presentarse para un análisis em­pírico?

—Tal vez no sea posible. No lo sé, ni me importa. No quiero pre­sentarlo para un análisis empírico.

Se hizo el silencio. El rostro de Jon estaba tenso y sombrío, y apretaba la mandíbula. Ryan suspiró. Un callejón sin salida.

—Muy bien, Jon. —Se dirigió con lentitud hacia la puerta—. Hasta luego.

Jon no dijo nada.

Ryan se detuvo ante la puerta y se volvió.

—Dices que tus visiones se están intensificando, ¿verdad? Cada vez, más vívidas.

Jon asintió.

Ryan reflexionó unos instantes. Por fin, levantó la mano. La puerta se apartó para dejarle salir al pasillo.

Grant fue a su encuentro.

—Estuve mirando por el espejo. Se ha encerrado mucho en sí mismo, ¿eh?

—Resulta difícil hablar con él. Parece creer que esos ataques son una especie de visiones.

—Lo sé. Me lo dijo.

—¿Por qué no me lo comunicó?

—No quería alarmarle más. Sé que está muy preocupado por él.

—Los ataques van de mal en peor. Dice que las visiones son más vívidas. Más convincentes.

Grant afirmó con la cabeza.

Ryan, absorto en sus pensamientos, avanzó por el pasillo, segui­do de Grant.

—Es difícil inclinarse por la línea de conducta más acertada. Los ataques le absorben cada vez más. Empieza a tomárselos en serio. Están usurpando el puesto del mundo exterior. Y además…

—Y, además, usted no tardará en marcharse.

—Ojalá conociéramos más a fondo los viajes por el tiempo. Nos puede pasar de todo. —Ryan se acarició la mandíbula—. Quizá no volvamos. El tiempo es una fuerza poderosa. No se han llevado a cabo auténticas exploraciones. Ignoramos por completo en qué nos estamos metiendo.

Llegó al ascensor y se detuvo.

—Tendré que tomar una decisión ahora mismo. Debo hacerlo antes de marcharme.

—¿Una decisión?

Ryan entró en el ascensor.

—Ya le informaré más larde. Vigile a Jon constantemente de aho­ra en adelante. No se aleje de él ni un momento. ¿Entiende?

Grant asintió.

—Entiendo. Quiere asegurarse que no salga de su habitación.

—Le llamaré esta noche o mañana. Ryan subió al tejado y entró en su nave interurbana. Ya en pleno vuelo conectó la pantalla y tecleó el número de las oficinas de la Liga. Apareció el rostro del monitor de la Liga.

—Oficinas.

—Póngame con el centro médico.

El monitor desapareció. Al cabo de unos momentos se materia­lizó en la pantalla Walter Timmer, el director médico. Sus ojos destellaron cuando reconoció a Ryan.

—¿En qué puedo serte útil, Caleb?

—Quiero que tomes una ambulancia y a varios hombres prepara­dos y vengas a Ciudad Cuatro.

—¿Por qué?

—Te comenté el asunto hace varios meses. Supongo que lo recor­darás.

La expresión de Timmer se alteró.

—¿Tu hijo?

—He tomado la decisión. No puedo esperar más. Está empeoran­do, y pronto emprenderemos el viaje temporal. Quiero que se haga antes que yo me marche.

—Muy bien. —Timmer garrapateó una nota—. Haremos los prepa­rativos de inmediato, y enviaremos una nave para recogerle.

Ryan titubeó.

—¿Harán un buen trabajo?

—Por supuesto. James Pryor llevará a cabo la operación. —Tim­mer alargó la mano para desconectar la pantalla—. No te preocu­pes, Caleb. Hará un buen trabajo. Pryor es el mejor lobotomista del centro.

Ryan extendió el plano sobre la mesa y alisó los bordes.

—Es un plano temporal, ejecutado en forma de proyección espa­cial. De esta manera veremos adonde vamos. Kastner miró por encima del hombro de Ryan.

—¿Deberemos ceñirnos al proyecto, apoderarnos de los docu­mentos de Schonerman…, o podremos explorar un poco?

—Sólo se prevé el proyecto, pero a fin de asegurarnos del éxito tendremos que detenernos varias veces en este lado del continuo de Schonerman. Es posible que nuestro mapa temporal sea insuficien­te, o que el propio impulso nos desvíe un poco.

El trabajo había concluido. Las últimas secciones se habían ajus­tado.

Jon se hallaba sentado en una esquina de la habitación, contem­plándolo todo con semblante inexpresivo. Ryan le miró.

—¿Qué te parece?

—Estupendo.

La nave temporal parecía un insecto achaparrado, cubierto de verrugas y protuberancias. Una caja cuadrada con ventanas e innu­merables torretas. Nada que recordara a una nave.

—Adivino que te gustaría venir —dijo Kastner—. ¿Estoy en lo cierto?

Jon asintió levemente.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Ryan.

—Muy bien.

Ryan examinó a su hijo. El chico había recobrado su color y casi toda su vitalidad anterior. Las visiones, por supuesto, ya no existían.

—Quizá puedas venir la próxima vez —dijo Kastner. Ryan concentró de nuevo su atención en el plano.

—Schonerman realizó la mayor parte de sus investigaciones entre el dos mil treinta y el dos mil treinta y siete. Los resultados no fueron puestos en práctica hasta varios años más tarde. Sólo se tomó la decisión de utilizar sus experimentos después de largas considera­ciones. Los gobiernos estaban enterados de los peligros que existían.

—Pero no lo suficiente.

—No. —Ryan vaciló—. Y es posible que nosotros nos encontremos en la misma situación.

—¿Qué quieres decir?

—El descubrimiento del cerebro artificial efectuado por Schoner­man se perdió cuando la última garra fue destruida. Nadie ha sido capaz de seguir sus pasos. Si recobramos sus apuntes, tal vez pon­gamos a la sociedad en peligro. Tal vez resucitemos a los garras.

Kastner negó con la cabeza.

—No. La obra de Schonerman no estaba directamente relacionada con las garras. El desarrollo de un cerebro artificial no implica un uso mortífero. Cualquier descubrimiento científico puede ser utilizado para destruir. Hasta la rueda fue empleada en los carros de guerra asirios.

—Me lo imaginaba. —Ryan miró a Kastner—. ¿Estás seguro que la AISU no desea utilizar el trabajo de Schonerman para fines mi­litares?

—La AISU no es un gobierno, sino un monopolio industrial.

—Les proporcionaría ventajas muy duraderas.

—La AISU ya es bastante poderosa.

—Dejémoslo. —Ryan enrolló el plano—. Podemos empezar cuando queramos. Tengo ganas de marcharme. Hemos trabajado en esto du­rante mucho tiempo.

—Estoy de acuerdo contigo.

Ryan se acercó a su hijo.

—Nos vamos, Jon. Volveremos pronto. Deséanos suerte.

—Mucha suerte.

—¿Te encuentras bien?

—Sí.

—Jon… Ahora te encuentras mejor, ¿verdad? ¿Mejor que antes?

—Sí.

—¿No estás contento de haber dejado atrás todos aquellos proble­mas?

—Sí.

Ryan, vacilante, apoyó la mano sobre el hombro de su hijo.

—Hasta pronto.

Ryan y Kastner subieron por la rampa hasta la escotilla de la nave temporal. Desde la esquina, Jon les contempló en silencio. Algunos guardias de la Liga remoloneaban en la entrada del laborato­rio, observando los preparativos con escaso interés.

Ryan se detuvo ante la escotilla y llamó a un guardia.

—Vaya a buscar a Timmer.

El guardia se dirigió a cumplir la orden.

—¿Qué sucede? —preguntó Kastner.

—Quiero darle unas últimas instrucciones.

Kastner le miró con suspicacia.

—¿Últimas? ¿Qué pasa? ¿Crees que nos va a ocurrir algo?

—No. Simple precaución.

Timmer llegó corriendo.

—¿Te vas, Ryan?

—Todo está a punto. Nada nos lo impide.

Timmer ascendió por la rampa.

—¿Qué quieres?

—Quizá sea innecesario, pero siempre existe la posibilidad que algo vaya mal. En caso que la nave no reaparezca en la fecha que he acordado con los miembros de la Liga…

—Quieres que me ocupe de Jon.

—Exacto.

—No te preocupes.

—Lo sé, pero ahora me siento más tranquilo. Alguien tendrá que cuidar de él.

Ambos desviaron la mirada hacia el muchacho silencioso e inex­presivo que estaba sentado en una esquina del laboratorio. Jon tenía la vista clavada en el frente, el rostro vago, los ojos carentes de bri­llo. La vida le había abandonado.

—Buena suerte —les deseó Timmer. Ryan y él se estrecharon las ma­nos—. Espero que todo vaya bien.

Kastner se introdujo en la nave y dejó en el suelo el maletín. Ryan le siguió, cerró y aseguró la escotilla. Cerró herméticamente el pestillo interior. Se encendió una batería de luces automáticas. La atmósfera adaptada empezó a invadir la cabina.

—Aire, luz, calor —dijo Kastner. Miró por la portilla a los guar­dias de la Liga—. Cuesta creerlo. Dentro de unos minutos todo esto desaparecerá. Este edificio, los guardias, todo.

Ryan tomó asiento ante el tablero de control y desplegó el plano temporal. Lo sujetó, cruzando la superficie con los extremos de los cables conectados al tablero.

—Tengo la intención de efectuar varias paradas de observación durante el trayecto, a fin de examinar algunos acontecimientos del pasado relacionados con nuestro trabajo.

—¿La guerra?

—Sobre todo. Me interesa ver a las garras en acción. En un tiem­po controlaron por completo la Tierra, según indican los archivos del Ministerio de la Guerra.

—No nos acerquemos demasiado, Ryan.

—No tomaremos tierra —rió Ryan—. Efectuaremos nuestras obser­vaciones desde el aire. El único contacto directo será con Schonerman.

Ryan cerró el circuito de potencia. La energía fluyó por toda la nave y alimentó los medidores e indicadores del tablero de control. Las agujas saltaron indicando la carga.

—Hemos de fijarnos especialmente en nuestra energía máxima —explicó Ryan—. Si sobrepasamos la carga ideal de ergios tempora­les, la nave no podrá abandonar el flujo temporal. Seguiremos re­trocediendo al pasado sin cesar, acumulando una carga cada vez mayor.

—Una enorme bomba.

—Exacto. —Ryan ajustó los controles. Las lecturas de medición cambiaron—. Allá vamos. Afírmate fuerte.

Soltó los controles. La nave se estremeció al polarizarse y se deslizó en el flujo temporal. Los estabilizadores y las protuberancias cambiaron de posición, ajustados a la tensión. Los relés se cerraron, oponiendo resistencia a la corriente que fluía en torno a ellos.

—Es como el océano —murmuró Ryan—. La energía más potente del Universo. La gran dinámica que impulsa todo movimiento. El Motor Primordial.

—Tal vez en otros tiempos se pensaba en Dios de esta manera.

Ryan asintió. La nave vibraba a su alrededor. Una mano gigantes­ca les aferraba, un puño inmenso que se iba cerrando en silencio. Se movían. Los hombres y edificios que se divisaban tras la portilla em­pezaban a oscilar, dejaban de existir a medida que la nave abandona­ba la fase del presente internándose más y más en el flujo temporal.

—No durará mucho —murmuró Ryan.

De repente, la escena se desvaneció. Ya no había nada. Nada a sus espaldas.

—No estamos en fase con objetos espacio-temporales —explicó Ryan—. Hemos desaparecido del Universo. En este momento, exis­timos en el no-tiempo. No hay continuo en el que proceder.

—Confío en que podamos regresar. —Kastner, nervioso, clavaba la vista en la portilla—. Me siento como el primer hombre que bajó en un submarino.

—Eso fue durante la guerra de la independencia. El piloto hacía girar una manivela, que impulsaba el submarino. El otro extremo de la manivela era una hélice.

—¿Llegó muy lejos?

—No. Se deslizó bajo una fragata inglesa y abrió un agujero en el casco de la fragata.

Kastner echó una ojeada al casco de la nave, que vibraba y re­sonaba a causa de la presión.

—¿Qué ocurriría si se produjera una brecha en la nave?

—Nos desintegraríamos; nos disolveríamos en el flujo que nos rodea. —Ryan encendió un cigarrillo—. Pasaríamos a formar parte del flujo temporal. Nos moveríamos adelante y atrás eternamente, de un extremo a otro del Universo.

—¿Extremo?

—El tiempo tiene un final. El tiempo fluye en ambas direcciones. Ahora estamos retrocediendo, pero la energía ha de moverse en am­bos sentidos a fin de conservar el equilibrio. De lo contrario, se concentraría una enorme cantidad de ergios temporales en un con­tinuo concreto, y el resultado sería catastrófico.

—¿Crees que todo ello está animado de algún propósito? Me pre­gunto cuál fue el origen del flujo temporal.

—Tu pregunta carece de sentido. Las cuestiones de finalidad o propósito carecen de validez objetiva. No pueden ser reducidas a nin­guna forma de investigación empírica.

Kastner se sumió en el silencio. Se tiraba de la manga con ner­viosismo, sin dejar de mirar por la portilla.

Los cables se movían sobre el mapa temporal trazando una línea desde el presente hasta el pasado. Ryan examinó el movimiento de los cables.

—Estamos llegando a la etapa final de la guerra. Voy a modificar la fase de la nave para sacarla del flujo temporal.

—¿Volveremos al Universo?

—Entre objetos. En un continuo concreto.

Ryan aferró el interruptor de energía y respiró profundamente. La nave había superado la primera prueba importante. Habían pe­netrado en el flujo temporal sin el menor problema. ¿Podrían salir con la misma facilidad? Accionó el interruptor.

La nave saltó. Kastner se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pa­red. Un cielo gris se retorció y osciló al otro lado de la portilla. Una vez producidos los ajustes, la nave se estabilizó. La Tierra giraba bajo sus pies, a medida que la nave recobraba el equilibrio.

Kastner corrió hacia la portilla para echar un vistazo. Volaban a unas decenas de metros de la superficie, paralelos al suelo. La ce­niza gris se extendía en todas direcciones, interrumpida a intervalos por montones de escoria. Ruinas de ciudades, edificios, muros. Res­tos de material militar. Nubes de ceniza flotaban en el cielo oscu­reciendo el sol.

—¿Todavía sigue la guerra? —preguntó Kastner.

—La Tierra continúa en poder de las garras. Podremos verlas. Ryan elevó la nave temporal para ampliar el campo visual. Kast­ner examinó el terreno.

—¿Qué pasará si disparan contra nosotros?

—Huiremos al flujo temporal.

—Podrían capturar la nave y utilizarla para viajar al presente.

—Lo dudo. En esta fase de la guerra, las garras estaban muy ocupadas luchando entre ellas.

A su derecha corría una carretera tortuosa, que desaparecía en la ceniza y reaparecía poco después. Cráteres de bombas la cortaban en algunos puntos. Algo se acercaba lentamente por ella.

—Allí —señaló Kastner—, en la carretera. Una especie de columna.

Ryan maniobró la nave. Los dos escudriñaron la carretera. Una columna de color pardo oscuro desfilaba con determinación. Hom­bres, una columna de hombres que avanzaba en silencio por la llanura de ceniza.

—¡Son idénticos! —dijo Kastner con voz entrecortada—. ¡Todos son iguales!

Estaban viendo una columna de garras. Los robots, como soldaditos de plomo, avanzaban a través de la ceniza gris. Ryan contuvo el aliento. Esperaba presenciar un espectáculo parecido, por supues­to. Sólo había cuatro tipos de garras. Los que ahora contemplaba habían salido de la misma fábrica subterránea, del mismo molde. Cin­cuenta o sesenta robots, réplicas de hombres jóvenes, desfilaban tranquilamente. Andaban muy despacio. Sólo tenían una pierna.

—Habrán luchado entre ellos —murmuró Kastner.

—No. Este tipo era así. El Soldado Herido. Se construyeron para engañar a los centinelas e infiltrarse en los bunkers.

La visión de aquella silenciosa columna de hombres idénticos era abominable. Cada soldado se apoyaba en una muleta. Hasta és­tas eran idénticas. Kastner sintió náuseas, asqueado.

—Desagradable, ¿verdad? —dijo Ryan—. Menos mal que la raza humana huyó a la Luna.

—¿Los robots no salieron en su persecución?

—Unos cuantos, pero para entonces ya habíamos identificado a los cuatro tipos y les esperábamos. —Ryan aferró la palanca de potencia—. Sigamos.

—Espera. —Kastner levantó la mano—. Va a ocurrir algo.

Un grupo de figuras descendía rápidamente por la ladera de una colina, a la derecha de la carretera. Ryan soltó el interruptor y aguardó. Las figuras eran idénticas. Mujeres. Mujeres uniformadas, calzadas con botas, que avanzaban con sigilo hacia la columna que desfilaba por la carretera.

—Otra variedad —comentó Kastner.

De pronto, la columna de soldados se detuvo. Se dispersaron en todas direcciones. Algunos tropezaron y cayeron, soltando las mu­letas. Las mujeres irrumpieron en la carretera. Eran esbeltas y jó­venes, de cabello y ojos oscuros. Un Soldado Herido abrió fuego. Una mujer rebuscó en su cinturón y lanzó algo.

—Qué… —musitó Kastner.

Se produjo un súbito fogonazo. Una nube de luz blanca surgió del centro de la carretera, expandiéndose en todas direcciones.

—Una especie de granada —dijo Ryan.

—Será mejor que nos larguemos de aquí.

Ryan tiró de la palanca. La escena empezó a oscilar. Se desva­neció de repente.

—Gracias a Dios que ha terminado —suspiró Kastner—. De modo que así era la guerra.

—La segunda parte. La más larga. Garra contra garra. Menos mal que se pusieron a pelear entre sí. Menos mal para nosotros, claro.

—¿Dónde vamos ahora?

—Haremos otra parada de observación en los primeros tiempos de la guerra. Antes que comenzaran a utilizarse las garras.

—¿Y después Schonerman?

Ryan apretó la mandíbula.

—Exacto. Una parada más, y después Schonerman.

Ryan ajustó los controles. Las agujas indicadoras se movieron con rapidez. Los cables trazaron un camino sobre el plano.

—No falta mucho —murmuró Ryan. Aferró la palanca y dispuso los relés—. Esta vez procederemos con más cuidado. Habrá más ac­tividad bélica.

—Tal vez ni siquiera deberíamos…

—Quiero verlo. Era el hombre contra el hombre. La Región Sovié­tica contra las Naciones Unidas. Tengo curiosidad por ver cómo era.

—¿Y si nos descubren?

—Nos iremos a toda máquina.

Kastner no dijo nada. Ryan manipuló los controles. Pasó el tiempo. La brasa del cigarrillo de Ryan quemó el borde del tablero. Por fin, se incorporó.

—Allá vamos. Prepárate. —Giró el conmutador.

Bajo sus pies se extendían llanuras verdes y marrones, salpica­das de cráteres de bombas. Dejaron atrás una ciudad. Estaba ardiendo. Altas columnas de humo se elevaban hacia el cielo. En las carreteras se movían puntos negros; vehículos y gente que huía.

—Un bombardeo —dijo Kastner—. Reciente.

La ciudad desapareció y se encontraron sobre campo abierto. Camiones militares pasaban a toda velocidad. La mayor parte de la tierra se veía intacta. Algunos granjeros seguían trabajando en los campos. Se tiraron al suelo cuando la nave temporal pasó sobre ellos.

Ryan escudriñó el cielo.

—Atención.

—¿Un vehículo aéreo?

—No estoy seguro de dónde estamos. Desconozco el emplaza­miento de ambos bandos. Tanto podríamos estar en territorio de las Naciones Unidas como de los Soviéticos. —Ryan asió con fuerza la palanca.

Aparecieron dos puntos en el cielo azul. Fueron aumentando de tamaño. Ryan los observó con suma atención. Kastner, detrás de él emitió un gruñido nervioso.

—Ryan, será mejor…

Los puntos se separaron. La mano de Ryan se cerró sobre la palanca de potencia. La cerró. Los puntos pasaron de largo mientras la escena se desvanecía. Después, sólo vieron una cortina gris en el exterior.

En sus oídos todavía resonaba el rugido de los aviones.

—Por poco —dijo Kastner.

—Sí. No perdieron el tiempo.

—Espero que no desees parar más.

—No. Se acabaron las paradas de observación. Dediquémonos al proyecto. Nos encontramos cerca de la franja temporal de Schonerman. Empezaré a disminuir la velocidad de la nave. Será un mo­mento crítico.

—¿Crítico?

—Localizar a Schonerman traerá problemas. Hemos de acertar en su continuo con toda exactitud, tanto en el tiempo como en el espacio. Es posible que esté custodiado. En cualquier caso, no nos concederán mucho tiempo para explicar quiénes somos. —Ryan dio un pequeño golpe sobre el plano temporal—. Y siempre cabe la posibili­dad que la información del plano sea incorrecta.

—¿Cuánto falta para que entremos en fase con el continuo de Schonerman?

Ryan consultó su reloj.

—Unos cinco o diez minutos. Prepárate para salir de la nave. Ha­remos parte del camino a pie.

Era de noche. No se oía nada; reinaba un silencio total. Kastner aplicó el oído al casco de la nave.

—Nada.

—Yo tampoco oigo nada.

Ryan. con cuidado, desbloqueó la escotilla. La abrió, aferró con fuerza su pistola. Escrutó las tinieblas.

El aire era fresco y reconfortante. Olía a toda clase de cultivos. Árboles y flores. Respiró profundamente. No veía nada. La oscuri­dad lo invadía todo. A lo lejos, un grillo chirrió.

—¿Has oído eso? —preguntó Ryan.

—¿Qué ha sido?

—Un insecto.

Ryan bajó precavidamente. La tierra era blanda. Su vista empezaba a acostumbrarse a la oscuridad. Algunas estrellas titilaban en lo alto. Distinguió árboles, un bosque. Y detrás de los árboles una verja alta.

Kastner le siguió.

—Y ahora, ¿qué?

—Baja la voz. —Ryan indicó la verja—. Tomaremos esa dirección. Parece un edificio.

Cruzaron el campo en dirección a la verja. Al llegar, Ryan apun­tó su pistola, pero graduó la carga al mínimo. La verja se derrumbó chamuscada y el alambre adquirió una tonalidad rojiza.

Ryan y Kastner pasaron por encima de la verja. Divisaron un lado del edificio; era de hierro y hormigón. Ryan se lo indicó a Kastner con un gesto de la cabeza.

—Tendremos que proceder con rapidez. Y sin hacer ruido.

Se acuclilló, tomó aliento y se puso a correr, seguido de Kastner. Atravesaron el terreno hasta llegar al edificio. Distinguieron una ventana frente a ellos, y luego una puerta. Ryan cargó con todo su peso sobre la puerta.

La puerta se abrió y Ryan se precipitó en el interior, tambaleante. Vislumbró una serie de rostros estupefactos, hombres que se po­nían en pie de un salto.

Ryan disparó y barrió la habitación con su pistola. Brotaron lla­mas por todas partes. Kastner disparó también desde atrás. Se movían formas entre el fuego, tenues siluetas que caían y rodaban.

Las llamas se apagaron. Ryan avanzó pasando por encima de restos carbonizados. Un barracón. Literas, fragmentos de una mesa. Una lámpara caída y una radio.

Ryan examinó a la luz de la lámpara un mapa de campaña sujeto a la pared con alfileres. Recorrió el plano con el dedo, enfrascado en sus pensamientos.

—¿Estamos lejos? —preguntó Kastner, de pie junto a la puerta con la pistola preparada.

—No. A unos cuantos kilómetros.

—¿Cómo llegaremos a nuestro destino?

—En la nave temporal. Es más segura. Hemos tenido suerte. Po­dría haber estado al otro lado del mundo.

—¿Habrá muchos guardias?

—Te lo diré cuando lleguemos. —Ryan se acercó a la puerta—. Va­mos. Tal vez alguien nos haya visto.

Kastner tomó unos cuantos periódicos de la mesa destrozada.

—Me los llevaré. Quizá nos sirvan de algo.

—Buena idea.

Ryan posó la nave en una hondonada que separaba dos colinas. Desplegó los periódicos y los examinó.

—Hemos llegado antes de lo que pensaba. Unos pocos meses, su­poniendo que sean recientes. —Señaló el papel—. Aún no se ha vuel­to amarillo. Debe ser de ayer o anteayer.

—¿Cuál es la fecha?

—Veintiuno de septiembre del dos mil treinta. Kastner miró por la portilla.

—El sol saldrá pronto. El cielo empieza a aclarar.

—Tendremos que actuar con rapidez.

—Tengo algunas dudas. ¿Qué debo hacer?

—Schonerman vive en un pueblo que hay detrás de esta colina. Estamos en Estados Unidos. En Kansas. Esta zona se halla rodeada de tropas; un círculo de nidos de ametralladoras y trincheras cubier­tas. Estamos en el interior del perímetro. En este continuo, prácti­camente nadie conoce a Schonerman. Sus investigaciones no han sido publicadas. En este momento, trabaja en un amplio programa de investigación promovido por el gobierno.

—Por tanto, no goza de ninguna protección especial.

—Más tarde, cuando su trabajo caiga en manos del gobierno, le protegerán día y noche. Le encerrarán en un laboratorio subterráneo, sin dejarle subir a la superficie. Es el investigador más valioso del país. Pero ahora…

—¿Cómo le reconoceremos?

Ryan tendió a Kastner un puñado de fotografías.

—Este es Schonerman. Todas las fotografías que han llegado has­ta nosotros.

Kastner examinó las fotos. Schonerman era un hombrecillo que utilizaba gafas de concha. Sonreía tímidamente a la cámara; un hombre delgado y nervioso de frente prominente. Tenía las manos bonitas, los dedos largos y ahusados. En una fotografía estaba sen­tado ante su escritorio, con una pipa al lado, y se cubría el pecho con un jersey de lana sin mangas. En otra se encontraba sentado con las piernas cruzadas, tenía un gato atigrado sobre el regazo y una jarra de cerveza frente a él.

Una antigua jarra alemana esmaltada con escenas de caza y le­tras góticas.

—Así que éste es el hombre que inventó las garras, o llevó a cabo el trabajo de investigación.

—Éste es el hombre que puso las bases para el primer cerebro ar­tificial práctico.

—¿Sabía que iban a utilizar su trabajo para fabricar las garras?

—Al principio no. Los informes señalan que Schonerman se en­teró cuando soltaron la primera remesa de garras. Las Naciones Unidas estaban perdiendo la guerra. Los Soviéticos llevaban ventaja debido a sus ataques por sorpresa. Las garras fueron saludadas como un éxito del desarrollo occidental. Durante un tiempo pareció que iban a inclinar la balanza de la guerra.

—Y después…

—Y después, las garras empezaron a fabricar sus propias varie­dades y a atacar por igual a Soviéticos y Occidentales. Los únicos humanos que sobrevivieron fueron los que se encontraban en la base de las Naciones Unidas situada en la Luna. Unas escasas do­cenas de millones.

—Menos mal que las garras empezaron a luchar entre sí.

—Schonerman fue testigo del pleno desarrollo de su obra hasta las últimas fases. Dicen que vivía amargado.

Kastner le devolvió las fotos.

—¿Y dices que no se halla bajo vigilancia especial?

—En este continuo no. Como cualquier otro investigador. Es joven. En este continuo sólo tiene veinticinco años. No lo olvides.

—¿Dónde le encontraremos?

—El proyecto gubernamental tiene su sede en lo que antes era una escuela. La mayor parte del trabajo se realiza en la superficie. Aún no se han construido los grandes enclaves subterráneos. Los investigadores viven en unos barracones, a medio kilómetro de los laboratorios. —Ryan consultó su reloj—. Lo mejor será echarle el guan­te cuando empiece a trabajar en su mesa del laboratorio.

—¿No lo haremos en los barracones?

—Todos sus documentos los guarda en el laboratorio. El gobierno no permite que salga ningún escrito. Todos los trabajadores son registrados cuando se marchan. —Ryan tocó su chaqueta con cautela—. Hemos de ir con cuidado. Schonerman no debe sufrir el menor daño. Sólo queremos sus papeles.

—¿No emplearemos nuestros desintegradores?

—No. No podemos correr el riesgo de herirle.

—¿Estás seguro que guarda los papeles en su mesa de trabajo?

—Tiene prohibido tajantemente sacarlos. Sabemos con exactitud dónde encontrar lo que queremos. Los papeles sólo pueden estar en un sitio.

—Sus medidas de seguridad obran en nuestro favor.

—Exactamente —murmuró Ryan.

Ryan y Kastner se deslizaron colina abajo, corriendo entre los árboles. La tierra era dura y fría. Desembocaron en la periferia de la ciudad. Las escasas personas que ya estaban levantadas camina­ban con parsimonia por la calle. La ciudad no había sufrido bombardeos. No se percibían daños de ningún tipo. Todavía. Las venta­nas de las tiendas estaban protegidas con tablas, y enormes flechas indicaban los refugios subterráneos.

—¿Qué llevan puesto? —preguntó Kastner—. Hay gente que lleva algo en la cara.

—Máscaras antibacterias. Vamos.

Ryan aferró su pistola desintegradora. Ambos siguieron adelan­te. Nadie les prestó atención.

—Dos personas uniformadas más —dijo Kastner.

—Nuestra baza principal es la sorpresa. Nos hemos infiltrado en su muralla defensiva. Patrullas aéreas vigilaban la aparición de naves soviéticas. Ningún agente soviético puede ser lanzado en paracaídas. En cualquier caso, este laboratorio de investigación es de poca importancia, y está en el centro de los Estados Unidos. Los agentes soviéticos no tienen motivos para venir aquí.

—Pero habrá guardias.

—Todo está custodiado. Todo tipo de instalaciones científicas y laboratorios de investigación.

La escuela se alzaba frente a ellos. Algunos hombres se acerca­ban a la puerta. El corazón de Ryan se aceleró. ¿Sería Schonerman uno de ellos?

Los hombres fueron entrando uno a uno. Un guardia con casco y uniforme verificaba sus placas. Algunos llevaban máscaras antibacterias y sólo se veían sus ojos. ¿Reconocería a Schonerman? ¿Y si portaba máscara? El miedo atenazó a Ryan de repente. Si Scho­nerman llevaba máscara, no se distinguiría de los demás.

Ryan sacó su pistola e indicó con un gesto a Kastner que le imi­tara. Sus dedos se crisparon sobre el forro del bolsillo de la chaque­ta. Cristales de gas adormecedor. Nadie estaba inmunizado todavía contra el gas adormecedor. No se había descubierto hasta un año después. El gas sumiría a la gente situada dentro de un perímetro de varias decenas de metros en diferentes fases de sueño. Era un arma impredecible y engañosa…, pero perfecta para esta situación.

—Estoy dispuesto —murmuró Kastner.

—Aún no. Hemos de esperarle a él.

Aguardaron. El sol se elevó y empezó a caldear la tierra. Apa­recieron más investigadores, subiendo por el sendero hasta entrar en el edificio. Echaban nubes de vapor por la boca y se frotaban las manos. Ryan empezó a ponerse nervioso. Un guardia tenía la vista fija en Kastner y en él. Si entraba en sospechas…

Un hombrecillo cubierto con un grueso abrigo y provisto de gafas de concha trotaba por el sendero en dirección al edificio.

Ryan se puso en tensión. ¡Schonerman! Schonerman mostró su placa al guardia. Entró en el edificio como una exhalación, despojándose de sus mitones. Sucedió en un segundo. Un joven nervioso que se dirigía a trabajar. A concentrarse en sus papeles.

—Vamos —dijo Ryan.

Kastner y él avanzaron. Ryan extrajo los cristales del forro del bol­sillo. Los notó duros y fríos en la mano. Como diamantes. El guardia observó sus movimientos, tenía el fusil dispuesto y el rostro impene­trable. Les estaba examinando. Nunca les había visto. Ryan, al mirar a la cara del guardia, leyó sus pensamientos sin la menor dificultad.

Ryan y Kastner se detuvieron con tranquilidad.

—Identifíquense.

El guardia no se movió.

—Aquí tiene nuestras credenciales —dijo Ryan.

Sacó la mano del bolsillo de la chaqueta y trituró los cristales.

Los músculos del guardia se relajaron, igual que su rostro, y cayó al suelo como un saco. El gas se esparció. Kastner atravesó el umbral y miró a su alrededor; los ojos le brillaban de excitación.

El edificio no era muy grande. Había mesas y material de labo­ratorio por todas partes. Los trabajadores estaban tendidos como bultos informes en el suelo, con los brazos y piernas extendidos y la boca abierta.

—De prisa.

Ryan adelantó a Kastner y atravesó corriendo el laboratorio. Scho­nerman se había derrumbado sobre su mesa de trabajo, en el extremo más alejado de la habitación. Su cabeza descansaba sobre la superficie metálica. Se le habían caído las gafas. Tenía los ojos abiertos. Sus papeles estaban fuera del cajón. El candado y la llave se­guían sobre la mesa. Sujetaba los papeles con las manos, unidas bajo la cabeza.

Kastner se precipitó hacia Schonerman y le arrebató los papeles, que guardó en el maletín.

—¡Tómalos todos!

—Ya está. —Kastner abrió el cajón y tomó los documentos que quedaban—. No falta ni uno.

—Vámonos. El gas no tardará en disiparse. Corrieron hacia la entrada. Algunos trabajadores estaban tendidos ante la puerta.

—De prisa.

Huyeron por la única calle de la ciudad. La gente les miraba con asombro. Kastner jadeaba, falto de aliento, sin soltar el maletín.

—Me…, me ahogo.

—No te pares.

Rebasaron la periferia de la ciudad y se dirigieron hacia la coli­na. Ryan corría entre los árboles con el cuerpo echado hacia adelante, sin mirar atrás. Algunos trabajadores empezaban a recobrar el sentido. Otros guardias se encaminaban hacia la zona. No tarda­rían mucho en dar la alarma.

Una sirena chilló a sus espaldas.

—Ya vienen.

Ryan se detuvo en lo alto de la colina para esperar a Kastner. La calle principal estaba atestada de hombres que surgían de los bunkers subterráneos. Aullaron más sirenas, con su lúgubre sonido.

—¡Abajo!

Ryan descendió corriendo la colina en dirección a la nave tem­poral, resbalando y patinando en la tierra seca. Kastner, sin aliento, le seguía como podía. Los oficiales de los soldados que les perse­guían no cesaban de gritar órdenes.

Ryan llegó a la nave. Agarró a Kastner y le empujó al interior.

—¡Cierra la escotilla! ¡Ciérrala!

Ryan se lanzó hacia el tablero de control. Kastner dejó caer el maletín y tiró de la escotilla. Un grupo de soldados apareció en la cumbre de la colina. Descendieron a toda velocidad, empezando a disparar.

—¡Agáchate! —ladró Ryan. Las balas se estrellaron contra el cas­co de la nave—. ¡Agáchate!

Kastner disparó con su pistola desintegradora. Una oleada de lla­mas ascendió por la ladera hacia los soldados. La escotilla se cerró con un ruido ensordecedor. Kastner giró los pestillos y aseguró la cerradura interior.

—Preparado. Todo preparado.

Ryan movió la palanca de potencia. Afuera, los soldados super­vivientes se debatían entre las llamas. Ryan vio sus rostros a través de la portilla, abrasados y chamuscados por la descarga.

Un hombre levantó su fusil con torpeza. La mayoría habían caído al suelo y pugnaban por incorporarse. Mientras la escena se desva­necía vio que uno reptaba a cuatro patas. Sus ropas ardían. Brotaba humo de sus brazos y hombros. Su rostro se retorcía de dolor. Extendió la mano hacia la nave, hacia Ryan. Sus manos temblaban y su cuerpo se arqueaba.

Ryan, de súbito, se quedó petrificado.

Seguía mirando fijamente cuando la escena desapareció y no se vio nada. Nada en absoluto. Las agujas de lectura cambiaron. Los brazos se movieron lentamente sobre el plano, trazando líneas.

Ryan, en el último momento, había mirado la cara del hombre, la cara retorcida de dolor. Las facciones deformadas, contorsionadas. Había perdido las gafas de concha. Pero no existía duda: era Schonerman.

Ryan se sentó, mesándose el cabello con su mano temblorosa.

—¿Estás seguro? —preguntó Kastner.

—Sí. Se habrá despertado en seguida. Afecta de manera diferente a cada persona. Y se hallaba en el extremo más alejado del labora­torio. Habrá salido en nuestra persecución.

—¿Estaba malherido?

—No lo sé.

Kastner abrió su maletín.

—En cualquier caso, aquí están los documentos.

Ryan asintió, sin apenas escucharle. Schonerman herido, abrasa­do, sus ropas ardiendo. No estaba previsto en el plan.

Pero, sobre todo, ¿era un hecho histórico?

Por primera vez empezaba a intuir las ramificaciones de lo que habían hecho. Su única preocupación se había centrado en apode­rarse de los papeles de Schonerman, para que la AISU pudiera ha­cer uso del cerebro artificial. El descubrimiento de Schonerman, bien empleado, sería de gran utilidad en la renovación de la destrozada Tierra. Ejércitos de robots-obreros recultivarían y reconstruirían. Un ejército mecánico que devolvería la fertilidad a la Tierra. Los robots harían en una generación lo que los humanos tardarían muchísimos años en conseguir. La Tierra renacería.

¿Habían introducido nuevos factores regresando al pasado? ¿Ha­bían creado un nuevo pasado? ¿Habían alterado un determinado equilibrio?

Ryan se levantó y empezó a recorrer la cabina a grandes zancadas.

—¿Qué pasa? —inquirió Kastner—. Tenemos los documentos.

—Lo sé.

—La AISU estará contenta. La Liga recibirá toda la ayuda que ne­cesite de ahora en adelante. Esto fortalecerá a la AISU definitivamen­te. Al fin y al cabo, fabricará los robots-obreros. El fin del trabajo hu­mano. Máquinas que trabajen la tierra en lugar de hombres.

Ryan asintió con la cabeza.

—Fantástico.

—Entonces, ¿dónde está el fallo?

—Me preocupa nuestro continuo.

—¿Qué te preocupa, en concreto?

Ryan se acercó al cuadro de mandos y examinó el plano temporal. La nave volvía al presente. Los brazos trazaban el camino de regreso.

—Me preocupan los nuevos factores que hemos introducido en los continuos del pasado. En los informes no consta que Schonerman fuera herido. No consta este episodio. Tal vez haya puesto en marcha una cadena causal diferente.

—¿Como cuál?

—No lo sé, pero quiero averiguarlo. Vamos a detenemos ahora mismo para descubrir los nuevos factores que hemos introducido. Ryan desvió la nave hacia el continuo inmediatamente posterior al incidente de Schonerman. Era a principios de octubre, apenas una semana después. Posó la nave en las tierras de un granjero, en las afueras de Des Moines (Iowa), al anochecer. Una fría noche de otoño. Sintieron la tierra dura y quebradiza bajo sus pies.

Ryan y Kastner se internaron en la ciudad. Kastner aferraba con fuerza su maletín. Des Moines había sido bombardeada por los misiles teleguiados rusos. Casi todas las áreas industriales estaban destrozadas. En la ciudad sólo quedaban soldados y trabajadores de la construcción. La población civil había sido evacuada.

Los animales vagaban por las calles desiertas, buscando comida. Por todas partes se veían cascotes y fragmentos de cristal. El frío y la desolación se habían adueñado de la ciudad. Las secuelas de los incendios causados por las bombas se hacían patentes en las calles. Los olores putrefactos de montones de basura se mezclaban con el de los cadáveres abandonados en los cruces y en los solares, impregnando el aire otoñal.

Ryan robó una revista de noticias, Reseña Semanal. Estaba húmeda y cubierta de moho. Kastner la ocultó en el maletín y regresaron a la nave temporal. Algunos soldados pasaron junto a ellos, sacando armas y pertrechos de la ciudad. Nadie les detuvo.

Llegaron a la nave temporal, entraron y cerraron la escotilla. Los campos circundantes estaban desiertos. La granja se había quemado, y las cosechas estaban mustias y muertas. Los restos de un automóvil estaban abandonados a un lado del sendero. Un grupo de feos cerdos husmeaba las ruinas de la granja, buscando algo para comer.

Ryan se sentó y abrió la revista. La examinó durante largo rato, volviendo las páginas poco a poco.

—¿Algo interesante? —preguntó Kastner.

—Todo versa sobre la guerra. Se producen los primeros escarceos. Los rusos lanzan misiles teleguiados. Las discobombas norteamericanas bombardean Rusia.

—¿Alguna mención de Schonerman?

—No he visto ninguna. Ocurren demasiadas cosas a la vez.

Ryan siguió leyendo la revista. Por fin, en una de las últimas páginas, encontró lo que estaba buscando. Un pequeño artículo de un solo párrafo.

Agentes Soviéticos Sorprendidos

«Un grupo de agentes soviéticos que intentaba destruir un centro de investigaciones gubernamental fue repelido por los centinelas y puesto en fuga a los pocos instantes. Los agentes escaparon, después de intentar burlar a los guardias y penetrar en las instalaciones del centro. Se hicieron pasar por agentes del FBI y trataron de penetrar cuando empezaba a trabajar el turno de la mañana. Los guardias les interceptaron y persiguieron. No se produjeron daños ni en los laboratorios ni en los aparatos. Dos guardias y un trabajador resultaron muertos en el enfrentamiento. Los nombres de los guardias…»

Ryan cerró la revista de un manotazo.

—¿Qué pasa? —se alarmó Kastner.

Ryan leyó el resto del artículo. Dejó la revista sobre la mesa y la empujó lentamente hacia Kastner.

—¿Qué pasa? —Kastner buscó la página.

—Schonerman murió en el tiroteo. Nosotros le matamos. Hemos alterado el pasado.

Ryan se levantó y se acercó a la portilla. Encendió un cigarrillo y recobró en parte la serenidad.

—Introdujimos nuevos factores y una línea nueva de acontecimientos. Es imposible saber dónde acabará.

—¿Qué quieres decir?

—Es posible que otra persona descubra el cerebro artificial. Es posible que el cambio se rectifique a sí mismo y el flujo temporal prosiga su curso normal.

—¿Cómo?

—No lo sé. Tal como están las cosas, nosotros le matamos y robamos sus documentos. Es imposible que el gobierno se apodere de su trabajo. Ni siquiera sabrán que alguna vez existió. A menos que lleve a cabo el mismo trabajo en la misma línea…

—¿Cómo lo sabremos?

—Tendremos que hacer más observaciones. Es la única manera de descubrirlo.

Ryan eligió el año 2051.

Las primeras garras habían aparecido en 2051. Los soviéticos estaban a punto de ganar la guerra. Las Naciones Unidas lanzaron a las garras en un último y desesperado intento de cambiar el curso de la guerra.

Ryan posó la nave temporal en lo alto de una colina. Una llanura plana, sembrada de ruinas, alambradas y restos de armas, se exten­día a sus pies.

Kastner abrió la escotilla y salió al exterior con cautela.

—Ten cuidado —le advirtió Ryan—. No te olvides de las garras. Kastner sacó su pistola desintegradora.

—No lo olvidaré.

—En este período todavía eran muy pequeños, como de treinta centímetros de largo. Metálicos. Se escondían en la ceniza. Los ti­pos humanoides aún no existían.

El sol se alzaba en el cielo. Era casi mediodía. El aire era calien­te y sofocante. Nubes de ceniza, empujadas por el viento, rodaban sobre la tierra.

Kastner se puso repentinamente en tensión.

—Mira. ¿Qué es eso? Se acerca por la carretera.

Un camión cargado de soldados, pesado y de color pardo, tra­queteaba lentamente hacia ellos. El camión se dirigía hacia la base de la loma. Ryan desenfundó la pistola desintegradora, Kastner y él se prepararon.[break

El camión se detuvo. Algunos soldados saltaron al suelo y em­pezaron a subir por la ladera.

—Prepárate —murmuró Ryan.

Los soldados se pararon a unos metros de distancia. Ryan y Kastner, silenciosos, levantaron sus armas.

—Apártenlas —rió un soldado—. ¿No saben que la guerra ha ter­minado?

—¿Terminado?

Los soldados se tranquilizaron. Su jefe, un hombretón de cara roja, se secó el sudor de la frente y se acercó a Ryan. Su uniforme estaba raído y sucio. Calzaba botas, rotas y manchadas de ceniza.

—La guerra terminó hace una semana. ¡Vamos! Hay mucho que hacer. Les llevaremos de vuelta.

—¿De vuelta?

—Estamos recorriendo todos los puestos de avanzada. ¿Se quedaron incomunicados?

—No —contestó Ryan.

—Pasarán meses antes que todo el mundo se entere que la guerra ha terminado. Vengan con nosotros. No perdamos el tiempo charlando.

—¿Dice que la guerra ha terminado? —Ryan se revolvió inquieto—. Pero…

—Es estupendo. No habríamos aguantado mucho tiempo más. —El oficial dio unos golpecitos a su cinturón—. ¿No tendrá por ca­sualidad un cigarrillo?

Ryan extrajo el paquete y sacó los cigarrillos. Se los tendió al oficial y arrugó el paquete con cuidado y lo devolvió a su bolsillo.

—Gracias. —El oficial distribuyó los cigarrillos entre sus hom­bres—. Sí, es estupendo. Estábamos en las últimas.

—Las garras. ¿Qué ha pasado con las garras? —preguntó Kastner. El oficial frunció el entrecejo.

—¿Cómo?

—¿Por qué ha terminado la guerra tan…, tan de repente?

—Una contrarrevolución en la Unión Soviética. Llevábamos me­ses lanzando en paracaídas agentes y material. Sin embargo, no abri­gábamos grandes esperanzas. Estaban mucho más debilitados de lo que nadie sospechaba.

—Entonces, ¿es cierto que la guerra ha terminado?

—Por supuesto. —El oficial tomó a Ryan por el brazo—. Vámonos. Hay trabajo que hacer. Estamos intentando eliminar esta maldita ce­niza para plantar cosas.

—¿Plantar? ¿Cosechas?

—Claro. ¿Qué plantaría usted?

—Quiero aclarar esto —dijo Ryan, soltándose—. La guerra ha ter­minado. Se acabaron los combates. ¿Y dice que no sabe nada de las garras, un tipo de arma llamada garras?

El oficial frunció el ceño.

—¿A qué se refiere?

—Asesinos mecánicos. Robots utilizados como arma.

El círculo de soldados retrocedió un poco.

—¿De qué demonios está hablando?

—Explíquese mejor —dijo el oficial. Su expresión se había endu­recido—. ¿Qué son esas garras?

—¿No se ha desarrollado ningún arma de esas características?

Se hizo el silencio. Por fin, intervino un soldado.

—Me parece que ya sé de qué habla —gruñó—. Se refiere a la mina de Dowling.

—¿Cómo? —preguntó Ryan.

—Un físico inglés. Ha experimentado con minas artificiales, autogobernadas. Minas robot. Sin embargo, las minas no podían repararse a sí mismas. Por eso el gobierno abandonó el proyecto y, en su lugar, se volcó en el trabajo de propaganda.

—Por eso la guerra terminó —dijo el oficial, poniéndose en mar­cha—. Vamos.

Los soldados le siguieron, colina abajo.

—¿Vienen?

El oficial se detuvo, mirando a Ryan y a Kastner.

—Les seguiremos dentro de un rato —contestó Ryan—. Hemos de recoger nuestros pertrechos.

—Muy bien. El campamento se encuentra a unos ochocientos metros de aquí. La gente que ha vuelto de la Luna ha fundado un poblado.

—¿De la Luna?

—Empezamos a enviar unidades a la Luna, pero ahora ya no es necesario. Quizá sea mejor así. ¿Quién demonios quiere marcharse de la Tierra?

—Gracias por los cigarrillos —gritó uno de los soldados que se agrupaban en la parte posterior del camión.

El oficial se sentó al volante. El vehículo arrancó y continuó su camino, avanzando con estruendo por la carretera.

Ryan y Kastner lo vieron alejarse.

—Entonces, la muerte de Schonerman no fue equilibrada —mur­muró Ryan—. Un pasado completamente nuevo…

—Me pregunto hasta qué punto influyó el cambio. Me pregunto si habrá afectado a nuestro tiempo.

—Sólo hay una forma de averiguarlo.

—Quiero saberlo ya —afirmó Kastner—. Cuanto antes mejor. Vámonos.

Ryan asintió, absorto en sus pensamientos.

—Cuanto antes mejor.

Entraron en la nave temporal. Kastner dejó el maletín en el sue­lo. Ryan ajustó los controles. El paisaje que veían por la portilla dejó de existir. Se hallaban de nuevo en el flujo temporal, movién­dose hacia el presente.

—No puedo creerlo —dijo Ryan con expresión sombría—. Toda la estructura del pasado cambiada. Toda una nueva cadena de aconte­cimientos creada, expandiéndose por todos los continuos, alterando cada vez más nuestro curso.

—Por tanto, cuando volvamos, no será a nuestro presente. Es imposible predecir cuan diferente será. Y todo deriva de la muerte de Schonerman. Un único incidente da origen a una historia absolutamente nueva.

—No deriva de la muerte de Schonerman —le corrigió Ryan.

—¿Qué quieres decir?

—No deriva de su muerte, sino de la perdida de sus papeles. Al morir Schonerman. el gobierno no contó con un método efectivo de construir un cerebro artificial. Por tanto, las garras nunca llegaron a existir.

—Es lo mismo.

—¿De veras?

Kastner levantó la vista al instante.

—Explícate.

—La muerte de Schonerman carece de importancia. La pérdida sus papeles es el factor determinante. —Ryan señaló el maletín de Kastner—. ¿Dónde están los documentos? Ahí. Nosotros los tenemos.

—Cierto —asintió Kastner.

—Podemos reconstruir la situación volviendo al pasado y entre­gando los papeles a alguna organización gubernamental. Schoner­man es insignificante. Lo que cuenta son los papeles.

La mano de Ryan avanzó hacia la palanca de potencia.

—¡Espera! —dijo Kastner—. ¿No queríamos ver el presente? Sería interesante comprobar los cambios introducidos en nuestro tiempo.

Ryan vaciló.

—Tienes razón.

—Después, decidiremos lo que hay que hacer. Si queremos devolver los documentos.

—Muy bien. Continuaremos hasta el presente y tomaremos una decisión.

Las cables que cruzaban el plano temporal casi habían vuelto a su posición anterior. Ryan examinó el plano durante mucho rato, sin soltar la palanca. Kastner abrazaba el pesado maletín de piel, apoyado en su regazo.

—Estamos a punto de llegar —dijo Ryan.

—¿A nuestro tiempo?

—Dentro de unos momentos. —Ryan se levantó y aferró la palan­ca—. Me pregunto qué vamos a encontrar.

—Nos resultará todo bastante extraño, probablemente.

Ryan respiró profundamente y sintió el frío tacto del metal bajo sus dedos. ¿Sería muy diferente su mundo? ¿Reconocerían algo? ¿Habrían borrado de la existencia todo cuanto habían conocido?

Una inmensa cadena se había puesto en acción, una ola gigan­tesca que recorría el tiempo, alterando todos los continuos, repercutiendo en todos los tiempos futuros. La segunda parte de la guerra nunca se había producido. La guerra terminó antes que las garras se inventaran. El concepto de cerebro artificial jamás había sido llevado a la práctica. La máquina bélica más poderosa nunca había existido. Las energías humanas se habían volcado en recons­truir el planeta.

Los indicadores y cuadrantes vibraban alrededor de Ryan. Den­tro de unos segundos estarían de vuelta. ¿Cómo sería la Tierra? ¿Que­daría algo igual?

Las Cincuenta Ciudades. Probablemente no existirían. Jon, su hijo, sentado en silencio en su sala de lectura. La AISU. El gobierno. La Liga, sus laboratorios y oficinas, sus edificios, pistas de aterrizaje situadas en los tejados, y los guardias. Toda la compleja estructura social. ¿Habrían desaparecido sin dejar huella? Tal vez.

—¿Qué vamos a encontrar en lugar de lo que dejamos?

—Lo sabremos dentro de un minuto —murmuró Ryan.

—Ya falta poco. —Kastner se levantó y caminó hacia la portilla—. Quiero verlo. Será un mundo desconocido.

Ryan apretó la palanca de potencia. La nave dio un salto y aban­donó el flujo temporal. Mientras la nave se enderezaba, algo giraba a toda velocidad al otro lado de la portilla. Los controles de la gra­vedad automática se ajustaron. La nave volaba sobre la superficie del suelo.

Kastner dio un respingo.

—¿Has visto algo? —preguntó Ryan, controlando la velocidad de la nave—. ¿Qué hay ahí afuera?

Al cabo de unos segundos, Kastner se apartó de la portilla.

—Muy interesante. Echa un vistazo.

—¿Qué hay ahí afuera?

Kastner se sentó lentamente y recogió su maletín.

—Esto inaugura una nueva línea de pensamiento.

Ryan se acercó a la portilla y miró afuera. La Tierra se extendía bajo la nave, pero no era la Tierra de la que habían partido.

Campos, interminables campos amarillos. Y parques. Parques y campos amarillos. Cuadrados verdes entre el amarillo, que se ale­jaban hasta perderse de vista. Nada más.

—No hay ciudades —dijo Ryan con voz ronca.

—No. ¿Te acuerdas? La gente vive en el campo, o pasea por los parques. Discute sobre la naturaleza del Universo.

—Es lo que Jon veía.

—Tu hijo fue extremadamente preciso.

Ryan movió los controles: tenía el rostro demudado. No podía pensar. Se sentó y activó los rezones de aterrizaje. La nave cayó en picada hasta sobrevolar los campos. Hombres y mujeres levantaron la vista, estupefactos. Hombres y mujeres vestidos con túnicas.

Pasaron sobre un parque. Un rebaño de animales huyó aterrorizado. Parecían ciervos.

Éste era el mundo que su hijo había visto. Ésta era su visión. Campos y parques, y hombres y mujeres ataviados con largas túnicas flotantes. Paseando por los senderos. Charlando sobre los pro­blemas del Universo.

Y el otro mundo, su mundo, ya no existía. La Liga había desa­parecido. El trabajo de toda su vida, destruido. No existía en este mundo. Jon. Su hijo. Borrado del mapa. Nunca le volvería a ver. Su trabajo, su hijo, todo cuanto había conocido, se había esfumado.

—Hemos de regresar —dijo Ryan, de súbito.

—¿Cómo dices? —Kastner parpadeó.

—Hemos de devolver los documentos a su continuo. No podre­mos recrear la situación con total exactitud, pero entregaremos los papeles al gobierno. Los factores importantes quedarán restaurados.

—¿Hablas en serio?

Ryan se puso en pie, vacilante, y avanzó hacia Kastner.

—Dame los papeles. La situación es muy grave. Hemos de pro­ceder con rapidez. Hay que ordenarlo todo nuevamente.

Kastner retrocedió y sacó su pistola. Ryan se precipitó sobre él. Golpeó a Kastner con el hombro y derribó al diminuto hombre de negocios. El desintegrador se deslizó por el suelo hasta golpear contra la pared. Los papeles salieron volando en todas direcciones.

—¡Maldito imbécil!

Ryan, de rodillas, empezó a recoger los documentos.

Kastner se abalanzó sobre el desintegrador. Se apoderó del arma, y en su rostro se reflejaba una obstinada determinación. Ryan le vio por el rabillo del ojo. Por un momento, se sintió tentado de estallar en carcajadas. Las mejillas de Kastner se habían teñido de un púr­pura intenso. Trataba de apuntarle con sus manos temblorosas.

—Kastner, por el amor de Dios…

Los dedos del ejecutivo se cerraron sobre el gatillo. Un temor repentino invadió a Ryan. Se levantó a toda prisa. La pistola rugió y un haz de llamas surcó la nave temporal. Ryan saltó a un lado y pudo esquivar por poco la estela de fuego.

Los papeles de Schonerman, esparcidos sobre el suelo, ardieron durante breves segundos. El resplandor se apagó al poco. Sólo quedaba un puñado de cenizas. El olor acre del chorro irritó la nariz de Ryan e hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas.

—Lo siento —murmuró Kastner.

Dejó el desintegrador sobre el tablero de control.

—¿No crees que sería mejor aterrizar? Estamos muy cerca de la superficie.

Ryan avanzó mecánicamente hacia el tablero de control. Se sentó al cabo de un momento y empezó a ajustar los controles, amino­rando la velocidad de la nave, sin pronunciar palabra.

—Ahora empiezo a comprender lo que le pasaba a Jon —murmuró Kastner—. Debía poseer una especie de percepción del tiempo paralelo, un cierto conocimiento sobre otros futuros posibles. A me­dida que progresaba la construcción de la nave temporal, sus visio­nes aumentaban, ¿verdad? Sus visiones adquirían cada día mayor realismo. Y la nave temporal adquiría cada día mayor concreción.

Ryan asintió.

—Esto abre ante nosotros nuevas posibilidades especulativas. Las visiones místicas de los santos medievales. Tal vez eran de otros fu­turos, otros flujos temporales. Las visiones del infierno debieron pertenecer a flujos temporales peores. Las celestiales corresponderían a flujos mejores. El nuestro debe ocupar un lugar intermedio. Y la visión de un mundo eterno e invariable tal vez constituya una vi­sión del no-tiempo. No se trata de otro mundo, sino de éste, visto desde fuera del tiempo. Tendremos que pensar más en todo esto.

La nave aterrizó en la orilla de un parque. Kastner se acercó a la portilla y miró los árboles que se alzaban en el exterior.

—Había fotos de árboles en algunos de los libros que mi familia conservó —dijo pensativamente—. Mira esos árboles que hay ahí. Son pimenteros. Aquellos otros reciben el nombre de árboles de hoja perenne. Se conservan así durante todo el año. De ahí el nombre.

Kastner tomó el maletín con firmeza. Se dirigió hacia la esco­tilla.

—Vamos a encontrarnos con esa gente. Nos pondremos a charlar de cosas. Cosas metafísicas. —Dedicó una amplia sonrisa a Ryan—. Siempre me gustaron los temas metafísicos.

Interesantes

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