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Cuentos, Leyendas y Mitos

 

El bramar de la sierra



Gigantesca, majestuosa, la Sierra de Parras se yergue imperturbable al paso del tiempo, como un colosal paréntesis azul verde. Testigo semicircundante de todas las generaciones que han habitado este suelo. Protectora muralla natural que nace allá donde el viento agita las arenosas dunas del desierto..... Fresca, Fuerte, Vigorosa, con crestas que asemejan cascos de guerreros legendarios, brillantes y relucientes apuntando al filo del amanecer hacia el infinito azul.

Guerreros de petos petrificados, inmóviles y poderosos que ostentan colores de guerra pintados por magníficos crepúsculos, que te elevan en hombros cuando trepas o yaces en sus cimas o sus faldas en las oscuras, límpidas y hermosas noches de verano y crees que extender la mano basta para desprender las estrellas de tan cerca que parecen estar y que cuelgan como dorados granos de uva.

Ha estado ahí a lo largo de millones de años, cual centinela que vela el sueño al que seguros nos abandonamos. Cancerbero que de vez en vez deja escapar de la profundidad de su pecho un ronco bramido como para recordarnos que está viva.

Desde hace muchísimos años, ha corrido el relato de que cuando la quietud y el silencio de la noche se cierne sobre la apacible ciudad, éstos son rotos con un rumor creciente que parece brotar de lo más profundo de la sierra . El bramido ronco es algo incomprensible que se agita embravecido en sus entrañas, como aprisionado. Luego de algunos segundos, el estertor pierde su intensidad, desvaneciéndose en la oscuridad y el silencio y la tranquilidad vuelve al valle.

Cuenta la antiquísima leyenda sobre este suceso, de que el bramido proviene de un brazo de mar que corre interiormente a lo largo de nuestra sierra, golpeando la corriente las cavernas subterráneas cuando suben las mareas o se incrementa el caudal de los ríos. Y que la enorme montaña que nos resguarda será reventada por la fuerza del torrente que bulle en su seno, arrasando y dejando sepultado bajo las aguas este bello lugar.

Los viajeros y peregrinos que pasen a lo lejos recordarán y exclamarán: "Aquí existía un hermoso lugar llamado Parras". Muchos de los habitantes de esta tierra, han tenido la oportunidad de escuchar el bramar de la sierra en el silencio de la noche, no dejando de sorprenderse, impresionarse e incluso atemorizarse ante tan extraño echo.

La montaña eleva su voz en la quietud y silencio y nos recuerda que está viva. Que vibren los caminos en la Cuesta de la Lima y la del Cura, los senderos de las Siete Vueltas y de La Leona. Que el paraje de Carreras de Chacón, siga luciendo impresionante. Que los cañones que sobrevuelan el aguilucho y el halcón tengan paredes de piedras lajas multicolores.

Que donde crece el gatuño, la lechuguilla, el madroño, el cacto, el oyamel, el pino, el sotol, se guarezcan la cascabel y los depredadores. Que el gruñido del oso y el gato montés, el aullar del coyote, el chillido de la lechuza y el canto del búho es su propia voz.

Que la paz de su semblante luzca en las cobrizas alas de faisán, en el candor de la codorniz y en la nobleza y gallardía del venado que pace en los pastizales. Que las riquezas del tesoro de Chacón sigan ocultas en algún lugar inaccesible y protegidas con la magia de un conjuro.

Que se acreciente su voz y se agigante, porque la centinela azul que nos protege nos pide protección también en su bramido.