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Cuentos, Leyendas y Mitos

 

La creación de las estrellas



El nativo Mariano Ponce era uno de los “semaneros” que cuidaban la iglesia del pueblo, era un Pixcali. Sus obligaciones consistían en conservar limpio el edificio, en cuidar las velas encendidas en los altares y en repicar las campanas las tres veces de costumbre: al alba, a mediodía y a la oración.

 

No tenía reloj; pero en cambio poseía un gran sentido del tiempo: repicaba con exactitud guiado por sus observaciones de los fenómenos naturales, hasta en los días nublados.

 

 

Después del repique de la oración bajaba del campanario en actitud beatífica para sentarse en las gradas de la puerta del templo y  se  entregaba  a  sus  meditaciones.

 

 

Me recibía con cordial cariño cuando al obscurecer me sentaba a su lado antes de llegar a mi casa. Generalmente no conversábamos porque me inspiraba reverencia y procuraba no molestarlo.

 

 

Una noche, estando el cielo espléndidamente limpio y con las estrellas brillando como soles en miniatura, con voz pausada me habló  así:

 

 

-“¿Ves  esa mancha que parece una nube alargada y muy tenue que atraviesa el cielo?-  Pues esa es Mixkoatl Ohtli (el camino de  la  serpiente).

 

 

Me quedé observando cuidadosamente el cielo y distinguí lo que  él  me  enseñaba.

 

 

Luego    continuó:

 

 

Fíjate: hace mucho tiempo, tanto que no se sabe cuánto, lo único que había en el cielo por las noches eran la luna y una serpiente preciosa de cristal. La luna era muy caprichosa, como ahora todavía lo es; unas veces alumbraba, otras no; unas veces lo hacía bien, pero las más veces lo hacía muy mal; por eso la serpiente de cristal se dedicó a alumbrar constantemente al mundo en las no- ches por el Poniente y en las mañanas por el Oriente. A eso se debe que tenía que recorrer constantemente el camino que ves y, lo hizo tanto  que,  quedó  marcado  para  siempre.

 

 

Pero sucedió que la luna, envidiosa de la belleza de la serpiente y del cariño que todos los hombres le tenían, le arrojó una gran piedra y la serpiente, que no pudo esquivar el golpe, se rompió en muchísimos       pedazos.

 

Esos fragmentos se esparcieron por todo el cielo y son los pun- tos de luz que se llaman estrellas, que hacen tan bellas las noches cuando      no      tienen              nubes.

 

 

La cabeza de la serpiente cayó por el rumbo donde sale el sol y es el lucero de la mañana; su corazón cayó por el Poniente y es el  lucero  de  la  tarde.

 

 

Así te explicarás también por qué les tenemos tanto respeto a las  serpientes.