Leyenda de la china poblana

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30-12-2010 | Por : uslico | Categoria: Leyendas

Se llamaba Mirra, había visto la luz primera en el lejano y misterio- so  Oriente,  en  un  palacio  del  Gran  Mogol.

Un día, ansiosa de saber lo que se ocultaba tras la inmensidad del  mar,  se  embarcó  en  una  frágil  nave  y  corrió  desde  los  mares amarillos  hacia  las  playas  nuevas  de  la  América;  pero  un  día  despertó  encadenada  en  un  barco  pirata  después  de  haber  conocido los  horrores  del  abordaje.

Pesadas  cadenas  habían  reemplazado sobre  su  piel  tersa  y  dorada,  las  joyas  que  hasta  entonces  habían adornado  su  belleza  oriental.  Ahora  era  ofrecida  en  venta  como una vil esclava en un mercado de Manila, cuando ese puerto servía de refugio a los viles traficantes de carne humana. Regateando el precio  la  adquirió  un  usurero  que  adivinando  en  la  esclava  una princesa,  la  embarcó  nuevamente,  llevándola  al  puerto  de  Acapulco.  Allí  la  vendió  a  un  opulento  vecino  de  Puebla  de  los  Ángeles, el  capitán  don  Miguel  Sosa,  quien  desde  Acapulco  la  llevó  hasta Puebla y la regaló a su esposa, doña Margarita de Chávez, para que la ilustre dama entretuviera sus horas de ocio en vestir y adornar la viviente muñeca de ojos oblicuos.

Poco a poco doña Margarita fue cobrando afecto a la chinita melancólica y obtuvo de su esposo la libertad para su dulce esclava a condición de que se hiciera cristiana.  La  princesita  se  convirtió  y  fue  bautizada  por  el  entonces obispo de Puebla, don Alfonso de la Mota y Escobar, tomando el nombre de Catarina de San Juan y siguió viviendo ya, como una hija,  en  el  seno  de  la  familia  que  le  había  dado  su  libertad.

Murieron sus benefactores, el capitán Sosa y doña Margarita, dejándola heredera de su cuantiosa fortuna. La China Poblana, que así le llamaba la gente del pueblo, gastó toda la fortuna heredada en socorrer a los humildes, vistiendo como ellos. Como recuerdo a la patria lejana donde viera la luz primera, se hizo bordar en sus vestidos leyendas chinas en signos misteriosos que daban más solemnidad a su noble figura.

El pueblo que la amaba entrañable- mente quiso vestirse como ella adoptando las mujeres el traje humilde, y     tratando de         imitar los pintorescos     bordados,    fueron transformándose al correr el tiempo, hasta convertirse en el brillan- te traje nacional que hoy visten las mujeres cuando quieren hacer evocaciones gratas de la tradición.

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