Se llamaba Mirra, había visto la luz primera en el lejano y misterio- so Oriente, en un palacio del Gran Mogol.
Un día, ansiosa de saber lo que se ocultaba tras la inmensidad del mar, se embarcó en una frágil nave y corrió desde los mares amarillos hacia las playas nuevas de la América; pero un día despertó encadenada en un barco pirata después de haber conocido los horrores del abordaje.
Pesadas cadenas habían reemplazado sobre su piel tersa y dorada, las joyas que hasta entonces habían adornado su belleza oriental. Ahora era ofrecida en venta como una vil esclava en un mercado de Manila, cuando ese puerto servía de refugio a los viles traficantes de carne humana. Regateando el precio la adquirió un usurero que adivinando en la esclava una princesa, la embarcó nuevamente, llevándola al puerto de Acapulco. Allí la vendió a un opulento vecino de Puebla de los Ángeles, el capitán don Miguel Sosa, quien desde Acapulco la llevó hasta Puebla y la regaló a su esposa, doña Margarita de Chávez, para que la ilustre dama entretuviera sus horas de ocio en vestir y adornar la viviente muñeca de ojos oblicuos.
Poco a poco doña Margarita fue cobrando afecto a la chinita melancólica y obtuvo de su esposo la libertad para su dulce esclava a condición de que se hiciera cristiana. La princesita se convirtió y fue bautizada por el entonces obispo de Puebla, don Alfonso de la Mota y Escobar, tomando el nombre de Catarina de San Juan y siguió viviendo ya, como una hija, en el seno de la familia que le había dado su libertad.
Murieron sus benefactores, el capitán Sosa y doña Margarita, dejándola heredera de su cuantiosa fortuna. La China Poblana, que así le llamaba la gente del pueblo, gastó toda la fortuna heredada en socorrer a los humildes, vistiendo como ellos. Como recuerdo a la patria lejana donde viera la luz primera, se hizo bordar en sus vestidos leyendas chinas en signos misteriosos que daban más solemnidad a su noble figura.
El pueblo que la amaba entrañable- mente quiso vestirse como ella adoptando las mujeres el traje humilde, y tratando de imitar los pintorescos bordados, fueron transformándose al correr el tiempo, hasta convertirse en el brillan- te traje nacional que hoy visten las mujeres cuando quieren hacer evocaciones gratas de la tradición.
Interesantes
Cargando…





0