El Coptanoón, que había creado aquí abajo todo cuanto la Naturaleza ofrece se detuvo a contemplar a sus hijos – cuyos cuerpos habían animado con chispas de luz – y antes de retirarse a su luminoso habitat dejó servidores que los auxiliaran.
Entre los seres que tenía a su servicio el Genio, poderoso y justiciero, había animales y plantas…, y entre éstas, un árbol cuyo oficio era procurar maternalmente que no faltase alimento a los tobas de las costas del Ipití ( río Bermejo).
Este árbol tenía el tronco abultado, como si fuera un vientre grávido; y de sus entrañas, dicen que salía el germen de muchas vidas acuáticas, cuyo alimento cotidiano hacía fácil la existencia de los hombres.
Cuando disminuía la pesca y ellos encontraban amenazadas de esterilidad las aguas del Ipití, realizaban en torno al árbol ventrudo, a quien comenzaron a llamar “ la madre”, ceremonias y rituales destinados a peticionar abundancia de peces.
Y, “ la madre” parecía escucharlos: su vientre se iba hinchando más y más, para luego agitar allá adentro sus entrañas,… y tras el misterio del abultamiento, la generosa respuesta se traducía en alimento abundante. Si los ruegos habían sido atendidos; las aguas – hasta entonces quietas – empezaban a moverse y a llenarse de peces que la madre gestara pródigamente en su seno.
Este acontecimiento era celebrado durante semanas enteras, con danzas y canciones que ponían acentos de inspiración agradecida en amas márgenes del Ipití.
Un día… ya había pasado el invierno, las tribus habían reñido… las aguas estaban quietas… y los peces se movían en la costa. Ya iban quedando pocos.
Los tobas se acercaron a “la madre” y entonaron sus peticiones.
Durante muchas noches, apenas salía el lucero, las notas angustiosas de un himno suplicaban: Era, era, era, gait…
Pero el árbol parecía indiferente ¿ es que estaba enojado?
Y allá se perdían los ecos, tras el último ramaje: era, era, era, gait…
La angustia iba en aumento… el hambre ya se sentía… ¿ Es que “la madre” estaba enojada?
Y no faltó el ingrato que, preparó su arco… eligió una flecha fibrosa… flecha de guerra, con el huesito en la punta para que lastime y penetre hondo… y apuntó al vientre de “la madre” que ya empezaba a abultarse lentamente.
Al traspasarlo, arrancó con el grito temeroso de la tribu, el trueno en que rugía la ira del Noón.
Se enlutó el cielo, y… a lo lejos, un ruido extraño se sintió venir como amenaza justiciera…
Los tobas tuvieron miedo… vieron agitarse las aguas que parecían teñirse en sangre… y, el río empezó a crecer, a crecer, de un modo alarmante, como si persiguiera con su furia a los ingratos.
Estos, ocultándose tras los bosques vecinos, se alejaban huyendo del castigo.
Cuando el río pareció aplacarse y las aguas volvieron al cauce fueron en busca del árbol herido para pedirle que los perdonase. Lo encontraron si con el vientre cubierto de gruesas espinas con las que parecía rechazarlos.
Las suplicase repitieron una y otra vez… Iooo sañoa sañoa sañoa iooo sañoa sañoa sañé e sañoa e sañoa sañé
“ La madre” debe haberlos perdonado, porque dicen que en el Bermejo siempre hay pesca. Pero… eso si, el ruido de la creciente que baja enfurecida todos los años, les recuerda ese episodio, mientras las aguas teñidas de rojo de ese río al que ahora llaman Inaté, les está mostrando el horrible castigo que trae el revelarse contra “la madre”.
¿ Que ella los perdonó? ¡ No cabe duda! La prueba está en que las flores del palo borracho, como algunos dieron en llamarlo después, son cada vez más hermosas.
¿ Por qué entonces la coraza de espinas? Dirán algunos que “la madre” lo perdona todo; pero el justiciero no perdona que se ultraje a una criatura tan digna de respeto y veneración.
Un hombre arrojó la flecha… y el Genio supo dónde poner las espinas.
Todavía ahora, en las noches de luna llena, cuando la crecida arremete en salirse de madre… los tobas cantan en la lejanía de los bosques: eiooo sañoa, eiooo sañoa, e sañoa e sañoa sañé
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