Leyenda El Inicio del Mundo

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29-12-2010 | Por : uslico | Categoria: Leyendas
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Los vecinos de la sierra cuentan, desde Cupo a Socaire, desde las cumbres hasta el llano, que en un comienzo en el mundo todo era sólo noche, todo era sólo penumbras,  como  cuando  la  neblina  invade  la  quebrada.  Nada  iluminaba  la existencia de los hombres, quienes deambulaban por los cerros, las quebradas y las vegas en busca de esquivos alimentos. Dicen que la falta de calor y de luz impedía la germinación de las semillas, el crecimiento de las plantas; sólo existía lo que ya estaba allí.

La tierra comenzaba recién a adquirir su forma actual, aparecían los paisajes de volcanes y planicies, con su amplia gama de colores. El agua caía copiosamente; llovía  y  llovía.  Ríos  caudalosos  descendían  desde  lo  alto,  gastando  los  cerros, arrastrando   grandes   rocas   con   las   cuales   desgarraban   el   llano,   abriendo profundas grietas.

“Saire”, que significa agua de lluvia, frío, hambre y soledad eran  los compañeros de algunos “antiguos”, los cuales difícilmente lograban sobrevivir. Se ocultaban en cuevas  existentes  en  lugares  tan  separados  como  en  Socaire,  camino  a  las lagunas, y en la quebrada del Encanto, cerquita de Toconce, donde suelen verse sus  sombras en las noches sin luna, pero es necesario ir sin compañía hasta dichos lugares para poder apreciarlo.

De estos hombres se dice que los de la cuenca del río Salado murieron por no resistir la presencia del sol; y los del sector socaireño, debido a la intensidad de las lluvias, acompañadas con sus truenos y relámpagos.

De ellos sólo perduran sus pueblos destruidos y sus tumbas saqueadas. También, a medio camino entre Toconce y Linzor, sus grandes pies quedaron marcados sobre las blandas rocas de aquella época. Hoy es posible ver esos rastros allí donde quedaron definitivamente grabados por ejemplo en Patillón.

En  Socaire,  cuentan  algunos  vecinos,  cuando  ”los  abuelos”  habían  hecho  los terrenos  y  las  eras,  llovió  durante  cuarenta  días  y  cuarenta  noches,  y el agua corrió y corrió, después, quizás cuántos años, demoró en terminarse el agua.

La gente en ese entonces era muy tímida, vivían en los graneros. No tenían casas, tampoco  tenían  nombres  porque  no  eran  cristianos.  Aunque  no  eran  gente educada  eran  personas  muy  buenas  que  vivían  inocentemente.  Trabajaban  la tierra, sin herramientas porque no conocían la picota, ni la pala ni el chuzo; sólo usaban una rama de árbol y la pura mano. Sin embargo, ¡fue tanto terreno el que trabajaron!…

Ellos le cantaban al  agua y el agua les ayudaba en sus trabajos, corriendo de piedra en piedra para hacer los muros de esos largos canales que aún se ven. Sin embargo, después de la larga lluvia lo perdieron todo: los terrenos, los sembrados, la vida. Por eso ahora, nadie sabe cantarle al agua para que vuelva a brotar como antes, para que haya tantos sembríos como antes, para que la gente sea buena e inocente, como antes.

Fuente: Del libro “Monitores Culturas Originarias”. Área Culturas Originarias. División de Cultura. Mineduc.

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