Se narra cómo leyenda – aunque se asegura que tiene algo de historia- el origen del nombre de una cañada que conocí hace veintiocho años cuando, llevada por mi vocación, fui, peregrina del silabario y soldado de la docencia primaria, a un pueblo chaqueño en formación.
Un paisano me la contó mientras atravesábamos en tardo y perezoso cachapé la extensa “Cañada del cacique llorón”.
….Según la leyenda, en la época de los fortines y en cierta región del Chaco, había un regimiento comandado por arrogante y altivo oficial, cuya simpatía era algo así como un pasaporte en las tolderías del más altivo y joven de los caciques, con el que cultivó estrecha amistad sin ningún esfuerzo.
¡ Que bien parecían entenderse el joven cacique de las tribus tobas… y el arrogante y altivo capitán de las fuerzas de la Nación!
Ambos tenían en común, no sólo su juventud y su prestancia varonil… sino la herencia de un mismo sol de libertad que los acariciaba ardiente… el amor a la tierra … y un natural sentido del honor.
Ya lo dije otra vez: en la leyenda, como en todos los hechos reales, las tierras argentinas pregonan su vocación de libertad, y… el mismo anhelo de libertad, identificaba tanto, que un cielo azul y blanco al cobijarlos, parecía enviarles la seguridad de su testimonio en una garantía de sus derechos comunes.
¿ Ham iacaiá? preguntaba el capitán.
Iacaiá noón -respondía el cacique
¿ Somos hermanos?
Hermanos buenos.
Toda picada exigía esfuerzo… mucho esfuerzo y esa picada que estaban abriendo en selva virgen, exigía sudores y sacrificios. Allí estaba, regándola generoso, el sudor del soldado y del aborigen.
¿ ham iacaiá ?
Iacaiá noón.
La noche era serena… la luna brillaba en lo alto… el capitán pensaba…, y allá hacia la costa correntina iban sus pensamientos como suspiros de amor.
El cacique estaba en silencio. De pronto, la confidencia puso acento de cálida intimidad… y – al día siguiente- el cacique presentó al amigo la prometida de su corazón.
Nunca hasta entonces la prometida de un cacique había osado levantar los ojos para mirar a hombre alguno…
El joven cacique había quebrantado una ley tribal y el resultado iba a ser tremendo.
Qué difícil le fue al capitán conciliar el sueño en las noches de luna llena.
¿ Qué tenían aquellos ojos azorados de la muchacha toba, cuyo brillo lo perseguía ? Ya no se atrevía a preguntar más.
¿Ham iacaiá ? … porque temía la respuesta “Iacaiá noón”.
Y la soledad y la maquinación se aniñaron contra él. Una vez el cacique tuvo que llevar un “chasqui´” del amigo a otro fortín lejano.
Después… se escondió el sol para no ser testigo de una traición…, y la luna se puso flaca hasta el regreso del cacique.
La ausencia del capitán y un toldo vacío hablaron con elocuencia… y una furia salvaje lo puso tras la huella de los fugitivos.
La huella se perdió en una cañada. El cacique no podía más… y ese hombre que jamás había llorado (porque los caciques no lloran) agachó la cerviz… y… diz que se puso a llorar…
¡ Tantos habían temido su bravura!
Al verlo así vencido… no faltó un soldado que lo escarneciera exclamando: ¿ Un cacique llorón!
Si… lloraba el cacique… y el cielo se asomó a su dolor y refrescó sus sienes con frescor de lluvia.
Desde entonces esa cañada no se secó más, porque las lágrimas del enamorado conmueven todavía al cielo que año tras año llora de vergüenza y de dolor.
Y agrega también la leyenda, que para curar el mal del cacique, los hechiceros de la tribu tuvieron que hacer muchos exorcismos… y las muchachas solas, las lamaggaik ayudaron entonando su canción de soledad en un reclamo amoroso: Iooo sañoa… sañoa… sañoa



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